El vertiginoso crecimiento de la economía de China no ha sido acompañada de un desarrollo económico sostenible medioambientalmente hablando. En algunas ciudades del país se respira un aire veinte veces más contaminado de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Esta situación obedece a tres causas principales: Características estructurales de la economía china, falta de interés político en el tema y una matriz energética obsoleta en aquel país.
Durante más de treinta años la República Popular China l ha incrementado su Producto Interior Bruto (PIB), a una media anual cercana al 10 por ciento. Debido a esto, se ha incrementado el consumo de lavadoras, televisores, aires acondicionados y teléfonos móviles, entre otros objetos, aumentando los requerimientos energéticos para su uso. Entre 2000 y el 2012, la electricidad consumida se multiplicó por cuatro, convirtiéndose China, desde el 2010, en el país con el mayor consumo de energía eléctrica del mundo.
Lo anterior no sería un problema (al menos no tan grave), si China no dependiera de uno de los fósiles más contaminantes del planeta para generar dicha energía eléctrica: el carbón. En 2012, el 70 por ciento, aproximadamente de dicha energía en el país, se generó a partir del carbón, la mitad del cual la consume China y la otra mitad, el resto del mundo. Son esas plantas de carbón principalmente las que contaminan el aire con óxidos de azufre, gases tóxicos y CO2.
China no solo consume mucha materia prima contaminante, sino que lo hace de manera poco eficiente. China necesita dos a tres veces más energía, para generar el mismo nivel de producción, que naciones como Reino Unido, Alemania o Japón. Una de las causas de ello es el diferencial tecnológico existente entre estos países. La maquinaria de las empresas, los filtros de las plantas de carbón y las redes de distribución de electricidad, no cuentan en su operación con la tecnología más avanzada.
Por otro lado, mientras las economías de los países desarrollados giran en torno al sector servicios, en China todavía se cuenta con un enorme sector industrial, que en 2013 supuso el 44 por ciento de su PIB. Esto no sería malo en sí mismo, a no ser por el hecho de que dicho sector industrial es altamente contaminante por ser intensivo en la utilización de energía a base de carbón, tal es el caso de la industria del acero, el cemento o la química, que son fundamentales para la construcción de viviendas e infraestructura. Estas industrias se han desarrollado más en China, entre otras cosas, por leyes medioambientales menos estrictas.
Además de la industria pesada, el otro gran responsable de la mala calidad del aire es el transporte. Según estudios realizados en Pekín, el 30 por ciento de las partículas contaminantes proviene de los vehículos, sobre todo de los grandes camiones de mercancías. China cuenta con unas 150 ciudades que superan el millón de habitantes, las cuales tienen que abastecerse de alimentos, productos de consumo y materiales para la vida diaria. Este transporte mercantil unido al tráfico privado (China es el mayor mercado automovilístico del mundo en la actualidad), se produce con una gasolina menos refinada y vehículos que no cumplen con medidas medioambientales internacionalmente aceptadas en el tema.
En otro orden el Ministerio del Medio Ambiente ha reconocido que el 40 por ciento de los ríos del país está seriamente contaminado, debido en su mayor parte, a residuos y aguas tóxicas que las fábricas vierten en ellos. Sin la presión social y mediática necesarias, se puede contaminar más China que en otros países, sin preocuparse demasiado en las consecuencias.
La mayor parte de sus actuales inversiones directas en Latinoamérica y África, tienen relación con los recursos naturales de ambas regiones y Nicaragua no es la excepción con el proyecto del Gran Canal Interoceánico.
Es por ello que debemos de tener especial cuidado en el tema medioambiental, procurando que el pronosticado crecimiento económico que este proyecto traiga consigo, sea sostenible a largo plazo e inclusivo para todo el pueblo.
Dos realidades en entredicho, en las características de la llamada “economía del Dragón”.
El autor es catedrático de la Universidad Thomas More
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