Este próximo miércoles es un día muy importante: los líderes de mayor estatura moral del país tratarán de llegar al corazón del hombre con mayor poder en Nicaragua. Su único objeto será persuadirlo de que lo use bien. Quizás no ocurra nada, que es lo que la mayoría de la gente teme. Quizás sí.
Los obispos llegarán donde Ortega como lo hacían los profetas bíblicos ante los tronos de los reyes y potentados; como voceros de Dios para enderezar sus caminos. Estos hombres ungidos fueron muchas veces la salvación de Israel. Eran el único freno del poder en tiempos que no existían sistemas de contrapesos ni prensa libre. Uno de los encuentros más famosos fue el del profeta Natán y el rey David.
Amo de Israel, David se había dejado arrastrar por la pasión embarazando a la esposa de Urías, uno de sus generales. Para encubrir su adulterio le hizo perecer, mandándolo al lugar más peligroso del campo de batalla. Natán le visitó después para contarle una historia: un ricachón, buscando agasajar a un amigo, había mandado a sacrificar la única ovejita que tenía su vecino pobre. David enfureció. “¡Ese hombre merece morir!”, gritó. A lo que Natán le dijo: “Ese hombre eres tú”. David reconoció su delito. Arrepentido compuso el célebre Salmo 51: “ ¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! …”
El mérito de este suceso extraordinario lo tuvieron ambos. Natán, porque tuvo la valentía de cantar al rey su pecado, pero también la gracia de saber hacerlo. Logró entonces que este se percatara espontáneamente de la maldad cometida. David, porque tuvo la nobleza de admitir su culpa y la humildad para pedir perdón a Dios. Posiblemente le ayudó a convertirse saber que Natán no buscaba humillarlo, sino hacerle el bien.
Evidentemente cada historia es única e irrepetible. Sin embargo muchas encierran lecciones universales. Cuando alguien habla con aplomo, amor y verdad, buscando el bien y siguiendo la voz de Dios —como hacían los profetas— su palabra puede tener una eficacia sorprendente. Posiblemente nadie sospechaba que un rey como David, orgulloso y prepotente, reaccionaría tan humildemente ante la interpelación de un hombre cuya única fortaleza era la espiritual. Pero ocurrió lo improbable.
Ocurrencias improbables, de líderes rectificando el rumbo, tachonan la historia. Gorbachov, investido de poder total como jefe del partido comunista soviético, logró ver que el sistema dañaba a su pueblo y lo desmanteló desde arriba. Pinochet, pudiendo prolongar su férrea dictadura, se sometió voluntariamente a un referéndum que perdió y abrió las puertas a la democratización. Alan García, habiendo protagonizado un desastroso primer gobierno, aprendió de sus errores e hizo muy buena gestión en el segundo. Ortega, que en los ochenta confrontó al sector privado y destrozó la economía, ahora les ha estrechado la mano cosechando mejores resultados.
¿Querrá Ortega decidirse a cambiar también en lo político, en lugar de seguir los tristes pasos de Somoza? Su decisión podrá significar grandes bendiciones o calamidades para Nicaragua, para él, y sus descendientes. ¿Lograrán los obispos que recapacite y enrumbe al país por la senda de la institucionalidad?
Es improbable pero no imposible. Puede ocurrir a mediano plazo o demorar hasta que circunstancias propicias hagan madurar la semilla sembrada. A él le puede ayudar saber que los obispos son fundamentalmente pastores, cuya agenda no es otra que procurar el bien de todos, incluso el de la familia gobernante. A nosotros nos puede ayudar saber que no van solos. Les acompañan nuestras oraciones y los acompaña Dios.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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