“Si el pueblo está en el poder/pero el pueblo quiere un cambio de poder/¿por qué el pueblo en el poder/ no le da el poder al pueblo”? Bertold Bretch.
¿Estamos condenados los nicaragüenses a no tener una democracia entendida esta como separación entre los poderes del Estado, Estado de Derecho, elecciones periódicas confiables, creíbles y respetadas?
¿No tenemos derecho a cambiar periódicamente a las autoridades que ejercen la función pública? de manera pacífica, otorgándoles un mandato y revocándoselo cuando no cumplen con su deber.
¿Tenemos que aceptar las imposiciones abusivas y arbitrarias de los que llegaron al poder por medios democráticos y cívicos, aprovechando la libertad de elegir y ser elegidos, pero desde allí se convierten en dictadores?
¿Estamos condenados a repetir la historia de una nueva dictadura familiar y (pretendidamente) dinástica o podemos cambiar esta realidad de fuerza, pues Nicaragua es un estado rehén del grupo de poder y sus aliados empresariales, religiosos, intelectuales y los instrumentos coercitivos (mediante la fuerza bruta), desvirtuando la función primigenia de la Policía y el Ejército, ante cualquier acto de rebeldía o protesta por muy cívica que sea?
Ciertamente, mientras no haya ciudadanía no habrá democracia. Este régimen pretende hacernos creer que sus bases sociales son el todo, la ciudadanía ahora llamada “pueblo presidente” pretendiendo sustituir a la parte por el todo, pues la nación nicaragüense no está encuadrada en el diseño de poder totalizante que signa este “modelo”. Se trata entonces para los partidos democráticos y libertarios de construir y asimismo rescatar ciudadanía como la levadura primigenia para amasar el pan de la democracia. Esto pasa por construir ciudadanía entendida como la relación entre el individuo y la comunidad política, un individuo empapado de los valores de la justicia, la igualdad social y la solidaridad. Esos valores están siendo distorsionados bajo el método del “mando y ordeno” verticalista y montado sobre la falencia de conciencia ciudadana. Por eso, entre otras razones, no se invierte en educación de calidad.
No hay el más mínimo interés en hacer una revolución verdadera en Nicaragua. Una para cambiar radicalmente la cultura política clientelista y prebendaria sobre la que han nacido y se han consolidado las dictaduras del pasado y sobre la que se erige la del presente. Construir ciudadanía pasa por alentar, promover y encarnar las demandas de una nación que continúa viendo —con más fuerza hoy— a la política como algo ajeno a la satisfacción de sus necesidades básicas, cuando en realidad de verdad su participación es determinante para conseguir limitar el poder de la autoridad constituida y ampliar sus derechos ciudadanos. Aceptar como avance democrático el modelo de participación ciudadana de este Gobierno, más bien distorsionador de la participación cívica consciente e informada, sería como creer que este régimen quiere darnos libertad y democracia. El encuadramiento organizacional a partir de las estructuras administrativas del Estado es de corte fascista y está inspirado en el socialismo del siglo XXI, ergo en el autoritarismo y el estilo de las dictaduras de izquierda del presente y de derecha del pasado, el somocismo también usaba a los empleados públicos como masa para sus mítines, Mussolini y Perón también.
La democracia y la participación ciudadana se fortalecerían si solamente se tratara de satisfacer necesidades básicas como recibir láminas de zinc o los beneficios de los programas de asistencia social, pero falta el componente derechos y libertades democráticas. Hay quienes sostienen que la libertad es un subproducto del PIB y que mientras los pueblos no lleguen al punto mínimo en su desarrollo, no habrá ciudadanía y por ende no habrá democracia, por ello la tarea de los partidos políticos es sumamente compleja en un país en el que el clientelismo sustituye a la formación ciudadana.
La responsabilidad de un partido político serio en las condiciones actuales de Nicaragua, pasa por su fortalecimiento y la formación política de sus cuadros dirigenciales, ya que los líderes deben apuntar hacia la construcción de ciudadanía para evitar la consolidación del autoritarismo institucional que nos han impuesto. El autor es diputado del PLI ante el Parlamento Centroamericano.
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