Fernando Bárcenas
El diálogo episcopal se ha vuelto una ulterior amenaza a los derechos democráticos. En un artículo de opinión del 28 de abril, en el diario LA PRENSA, confundiendo el ámbito privado con el estatal, Humberto Belli incita a revertir burocráticamente, en pactos de la Iglesia con el poder orteguista, los avances democráticos en el tema de la familia.
Es una forma de desviar la atención de los problemas políticos. Los obispos deberían velar porque nadie cree condicionamiento alguno sobre la vida familiar, y excluirse ellos mismos de la menor idea de definir un modelo totalitario que rija la familia en la sociedad. La Iglesia no debería buscar acuerdos, sobre ningún tema, que supere o deforme el carácter laico de la sociedad.
El Estado, por su parte, debe preservar la convivencia privada en el ámbito de las decisiones privadas, libre de su propia intervención y de la intervención religiosa.
“Se debe poner de manifiesto —insiste Belli— que sin una familia fuerte la sociedad se va debilitando cada vez más”.
Es al revés, una sociedad débil, represiva, discriminatoria, en la que prevalecen las desigualdades y privilegios, es la que debilita a la familia. Posiblemente, quienes gozan de un mejor bienestar económico sufren menos presiones en sus condiciones de vida y de trabajo que les llevan a disolver la familia a temprana edad, para buscar mayores probabilidades de sobrevivencia.
“Se debe enseñar en las escuelas —propone Belli— el ideal matrimonial con sus valores concomitantes de fidelidad, entrega y servicio mutuo”.
El ideal matrimonial religioso, con sus valores concomitantes, introduce un aspecto de moral religiosa que incursiona indebidamente en el concepto de familia, como expresión de un derecho civil. Máxime si para imponer un modelo de vida religioso sobre la familia pretende usar como instrumento ideológico religioso la enseñanza escolar (que constitucionalmente debe ser laica).
El 5 de mayo, Humberto Belli, en un nuevo artículo de opinión en LA PRENSA, insiste que los obispos lleven al diálogo con Ortega el matrimonio religioso como expresión del bien común. Belli afirma:
“Existe algo noble en la capacidad de hacer y mantener un compromiso bajo la inspiración cristiana. El compromiso matrimonial, concebido como un vínculo solemne e indisoluble, es que los cónyuges se prometen fidelidad y mutuo apoyo por el resto de sus vidas. Quien ama no rechaza la renuncia o el sacrificio, la esencia del amor es la donación o entrega incondicional al otro”.
En un sistema laico, quien la piensa como Belli, tiene derecho a vivir personalmente de acuerdo con sus convicciones. En cambio, Belli pretende que se restablezca un poder religioso que niegue el derecho a los ciudadanos de basar su convivencia en ideales humanos.
Cuando se trata de la convivencia familiar, los ciudadanos adquieren compromisos basados, no en el sacrificio inhumano de uno a otro, sino, en interés de la pareja y de los hijos. No en principios religiosos. Es un tema históricamente superado en el Renacimiento, para la filosofía del derecho. El objetivo superior, en el mundo laico, es que los ciudadanos vivan una realidad temporal que permita la oportunidad de obtener el máximo desarrollo de sus capacidades potenciales.
“Se pasó a considerar —insiste Belli— las uniones de hecho como igualmente dignas de apoyo y reconocimiento ante la ley, un contrato, sin mayor dignidad que las uniones casuales. La devaluación del compromiso matrimonial es síntoma del egoísmo prevaleciendo sobre el amor”.
La dignidad, para Belli, se deriva de los ritos religiosos, no de la condición humana. Para él, resulta exultante un compromiso que sacrifica la vida de alguien en un matrimonio fracasado. El amor no es la entrega incondicional al otro, como piensa Belli. La “entrega incondicional” es una expresión irracional, que solo puede expresar alguien que usa la fe en la vida sobrenatural como proceso de toma de decisiones en la vida terrenal.
“La decadencia del matrimonio —vuelve a insistir Belli— no es decadencia de una institución, sino de la humanidad”.
La humanidad no decae cuando se libera de los ritos religiosos. Por el contrario, el laico enfrenta metas, luchas y peligros, no por un ansia de sacrificio ante nadie, sino por dignificar la condición humana. Incluso, frente al fanatismo religioso. El autor es ingeniero eléctrico.