Humberto Belli Pereira
Comprometerse implica asumir una obligación; empeñar la palabra de que se actuará en determinada forma; como cuando decimos “me comprometo a pagarte a tiempo”, o “me comprometo a ayudarte”. Comprometerse es más difícil que no hacerlo. Decir “no me comprometo”, es fácil y cómodo; no requiere un esfuerzo particular.
Comprometerse, en cambio, exige esfuerzo y, en ocasiones, renuncias importantes. También exige un ánimo estable, que es la capacidad de mantener la promesa aunque falten las ganas o las circunstancias sean adversas.
Evidentemente, existe algo noble en la capacidad de hacer y mantener un compromiso, razón por la que tradicionalmente se le ha considerado como virtud. Más eso está cambiando. Bajo la creciente influencia de una ideología individualista, que exalta la libertad, entendida como la ausencia de vínculos u obligaciones, el hombre y la mujer “modernos” tienden a rehuir los compromisos, sobre todo los de largo plazo, y prefieren relaciones que no limiten sus opciones personales, o que les permitan escapar de situaciones que juzguen exigentes o incómodas.
En ningún área esto es más evidente que en la vida familiar. En la sociedad tradicional, bajo la inspiración cristiana, se exaltaba el compromiso matrimonial, concebido como un vínculo solemne e indisoluble en que los cónyuges se prometían fidelidad y mutuo apoyo por el resto de sus vidas (“en las duras y las maduras”). Bajo el impulso del liberalismo —finales del siglo XIX— vino el auge del matrimonio civil, acompañado del divorcio por justa causa. Con todo, aun seguía viéndose al matrimonio como una institución de gran trascendencia social. En consecuencia las legislaciones solían frenarlo, estableciendo trámites conciliatorios y obligando al cónyuge encontrado culpable de incumplir sus obligaciones matrimoniales, a resarcir especialmente al inocente.
Fue hasta 1970, que en Estados Unidos, país que popularizó la práctica de los bienes descartables y la rápida obsolescencia de los automóviles, que se introdujo, comenzando por California, el “Non fault divorce”, o divorcio sin culpa llamado también divorcio unilateral o divorcio “express”, que se concede rápida y automáticamente al cónyuge que lo solicita, sin penar al causante del rompimiento ni privilegiar al descartado sin culpa.
En Nicaragua se imitó e instauró esta política en 1987, bajo el primer gobierno de Ortega. Mas no se paró allí: so pretexto del igualitarismo y la no discriminación, se pasó a considerar las uniones de hecho como igualmente dignas de apoyo y reconocimiento ante la ley. Ante la nueva mentalidad, reflejada en las legislaciones, el otrora sagrado, estable, y apreciado matrimonio, se veía ahora como una institución obsoleta o burguesa, o como un contrato fácil de descartar, sin mayor dignidad que las uniones casuales, donde solo media el compromiso de quienes se dicen, retozando, “hasta que la falta de ganas nos separen”.
Esta mentalidad ha permeado en todas las capas sociales. Antes el concubinato, o las uniones casuales temporales eran la regla en las clases bajas. Hoy son cada día más los jóvenes de clase media y alta que prefieren no casarse y adoptan la mera cohabitación o variantes de las uniones descartables. De seguir la tendencia, cabe la posibilidad de que las parejas dispuestas a comprometer sus vidas, “hasta que la muerte los separe”, lleguen a ser especie en peligro de extinción.
En última instancia, la devaluación del compromiso, y en particular del matrimonial, es síntoma del egoísmo prevaleciendo sobre el amor. Quien ama no teme comprometerse. Ni rechaza la renuncia o el sacrificio, pues la esencia del amor es la donación o entrega incondicional al otro, “hasta que duela”. La decadencia del matrimonio no es decadencia de una institución, sino de la humanidad.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.