El periódico Washington Post y la cadena de televisión ABC News, divulgaron ayer una encuesta según la cual solo el 34 por ciento de los estadounidenses, respalda el manejo de la crisis de Ucrania y Rusia por parte del presidente Barack Obama. Este bajo nivel de aprobación es menor aún que el índice general de aceptación de Obama, que es del 41 por ciento, cinco puntos menos que durante el primer trimestre del año en curso.
No queda claro si el respaldo de los estadounidenses al presidente Obama sería mayor, en el caso de la crisis ucraniana, si en vez de sanciones diplomáticas, políticas y económicas estuviera manejando la opción del enfrentamiento militar con Rusia. Sin embargo, se conoce que la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos rechaza las opciones bélicas, prefiere que su Gobierno busque soluciones negociadas a los conflictos internacionales.
Obama ha reconocido con franqueza que las sanciones diplomáticas, políticas y económicas no resolverán la crisis con Rusia por el conflicto ucraniano. Pero asegura que las sanciones son el medio apropiado para abrir el camino hacia una solución negociada, no militar. La estrategia del gobernante estadounidense se funda, al parecer, en que Rusia es una potencia militar, incluso nuclear, pero su base económica es frágil y por lo tanto su capacidad de resistencia material es limitada. Como se señaló en un análisis del diario El País, de España, publicado el 19 de marzo recién pasado, “el PIB de Rusia (dos billones de dólares) es, en la actualidad, del mismo tamaño que el de Italia… Las titánicas ambiciones del Kremlin viven en un cuerpo económico relativamente menudo: una cuarta parte del PIB chino; una octava del estadounidense”.
El vicecanciller ruso Sergei Riabkov, al rechazar ayer las nuevas sanciones impuestas por Estados Unidos y Europa, aseguró que el gobierno de Rusia tiene preparadas las respuestas, sin especificar en qué consisten. Pero lo cierto es que en Moscú hay bastante preocupación por los efectos que podrían tener las represalias económicas de Occidente. A fines de la semana pasada, la agencia internacional de calificación de riesgos, Standard & Poors, degradó el valor de la deuda pública rusa en divisas extranjeras y advirtió —según información publicada en La Nación, de Argentina, el sábado pasado— que “la tensa situación geopolítica entre Rusia y Ucrania podría provocar un éxodo suplementario de capitales tanto extranjeros como nacionales, fragilizando las perspectivas ya débiles de crecimiento de la economía rusa”.
Se conoce que las previsiones de crecimiento de la economía rusa para 2014 son de 2.5 a 0.5 por ciento, lo cual es dramático en un país que estuvo creciendo a un ritmo de siete por ciento, entre 2000 y 2008.
De manera que Estados Unidos y la Unión Europea saben muy bien que Rusia es vulnerable a las sanciones internacionales. Pero el quid del asunto no está allí, sino en cuánto le puede importar pagar ese precio a un hombre como Vladímir Putin, quien a todas luces está empeñando en restablecer las viejas dimensiones imperiales de Rusia, la zarista y la soviética. Alemania no era una gran potencia económica cuando Hitler avanzó sobre Austria, los Sudetes y otros países vecinos, y tuvo que pagar terribles consecuencias. Habrá que ver cuál es el precio que Vladímir Putin está dispuesto a pagar ahora.
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