Volver a Roma es para mí una experiencia extraordinaria, tanto por motivos afectivos y sentimentales de carácter personal, como también por reavivar el recuerdo de sus lugares excepcionales y contemplar de nuevo en los monumentos, testimonios de partes fundamentales de la historia de la humanidad.
Sin perjuicio de todo lo anterior, esta vez llamó también mi atención la presencia numerosa junto al Coliseo de centuriones, gladiadores y soldados romanos quienes con sus celulares se tomaban fotografías con los visitantes, luciendo sus escudos, espadas, cascos y demás atuendos relativos a la Roma de los césares, mientras se comunicaban constantemente entre ellos con mensajes orales o escritos por medio de esos pequeños e imprescindibles artefactos tecnológicos.
El ver a un centurión romano (o a muchos) en las puertas del Coliseo, con la espada en una mano y el celular en la otra, y ver frente a él un gladiador que tomaba las fotografías y que era fotografiado a la vez, me llevó a pensar en la coexistencia de los tiempos, uno reconstruido y el otro actual, y en el significado de la técnica, en la historia y particularmente en la realidad contemporánea.
Frente a un cuadro semejante era difícil no derivar hacia el significado de la técnica y la tecnología en la vida individual y colectiva presente, y de suponer que consciente y al mismo tiempo instintivamente, el ser humano decidió sobrevivir e inició la construcción de su lejano y largo camino de transformación del mundo y de sí mismo.
Quizás la esencia de la técnica, su raíz metafísica, se encuentre en ese empeño persistente y doloroso por superar los límites que la naturaleza ha impuesto, en borrar las fronteras que circunscriben a un espacio determinado de posibilidades finitas, y en romper los barrotes ontológicos que limitan la condición humana.
Pero además, al lado de ese drama esencial, una serie de problemas fundamentales se asocian al fenómeno de la técnica, los que van desde su incidencia en la política y en los mecanismos del poder, hasta el problema de la alienación que se presenta, dentro de la revolución tecnológica, en un plano cualitativamente diferente.
Lo esencial de la alienación ante la tecnología está determinado por el fenómeno de la universalización de esta última. Universalización, sin embargo, que arrastra consigo los efectos de la homogenización en la que tienden a borrarse las identidades y diferencias, las que, producto de expresiones diversas y contradictorias, han hecho posible las culturas y civilizaciones sobre el planeta.
Se está constituyendo una supra-naturaleza o entidad de tercer grado sobrepuesta a la naturaleza originaria y a la historia particular de cada pueblo. Un tejido de relaciones microelectrónicas están conformando un universo en el que tienden a disolverse las diferencias creativas y las expresiones que dan un rostro humano a las culturas.
“A través de su difusión mundial —dice Octavio Paz— la técnica se ha convertido en el agente más poderoso de entropía histórica. El carácter negativo de su acción puede condensarse en esta frase: uniforma sin unir. Aplana las diferencias entre las distintas culturas y estilos nacionales pero no extirpa las rivalidades y los odios entre los pueblos y los estados. Y amenaza en su esencia al proceso histórico. Al acabar con la diversidad de las sociedades y culturas, acaba con la historia”.
La idea de Heidegger del ser como estar siendo y la de Ortega y Gasset del ser y la vida como un programa que hay que desarrollar, penetran hasta la raíz misma de la razón de la técnica, hasta el origen de su aparición y desarrollo. El hombre a diferencia de las cosas, el árbol, la piedra, el astro, que tienen una naturaleza dada, tiene que construir su propio ser haciendo y viviendo su proyecto de vida.
La filosofía de Ortega y Gasset acierta al enunciar al ser como algo incompleto y no dado, como algo que se va haciendo a lo largo y ancho de la vida, como lo que va siendo en la medida en que se hace. Pero esta formulación inicial pierde a nuestro juicio su posibilidad de acierto al asumir ese hacer continuo de existencia sobre la base de una convicción profunda, de una conciencia transparente y de una racionalidad lúcida. La realidad, y sobre todo la realidad del mundo contemporáneo, nos demuestran lo contrario.
La propaganda y la sofisticación y masificación de los medios a través de los cuales esta se ejerce, lo mismo que el efecto que produce, transfiere los deseos y valores del ser, a las imágenes y símbolos con que los intereses comerciales, utilizando lo más altos avances de la tecnología, homogenizan cotidianamente a los seres humanos en las marcas favoritas de los productos de la sociedad del consumo. Hay un proceso progresivo de desplazamiento del ser por la imagen, de sustitución de la realidad por el reflejo de sombras ante el espejo.
Por otra parte, la aceleración en la velocidad de la vida resuelve una serie de problemas, pero ese tiempo y espacio que dejan los problemas resueltos no lo llenan necesariamente el mayor bienestar, ni la mayor felicidad del ser humano, sino nuevos problemas que exigirán nuevos instrumentos técnicos para su solución y así sucesivamente.
Una parte del proceso tecnológico seguirá aplicándose en la búsqueda de un mejor vivir para el ser humano. Su aplicación producirá los efectos que ya hemos mencionado, es decir, que la incorporación de instrumentos técnicos específicos, contribuirá a la solución de unos problemas e inevitablemente generará otros.
Pero aquí sobreviene la inversión cualitativa que hemos dejado enunciada anteriormente. Con el capitalismo, a la vez que se mantiene una parte del proceso tecnológico orientado a la que ha sido su dirección histórica, se rompe esa tendencia, y se genera una nueva, dirigida no ya a satisfacer las necesidades del ser humano, sino a crearlas. Se rompe la dialéctica interna y se impone desde el exterior su propia “lógica” basada en las siguientes consideraciones fundamentales:
Primera: La esencia del sistema exige la “lógica” de la acumulación indefinida.
Segunda: La “lógica” de la acumulación indefinida exige la “lógica” de una producción que determine a priori el consumo.
Tercera: Un conjunto de deseos ficticios y de necesidades espectrales van desplazando a las auténticas produciendo la enajenación típica de la sociedad tecnológica.
Cuarta: A partir del sistema actual, una parte importante del desarrollo tecnológico no tiende a la satisfacción de necesidades sino a la creación de ellas.
A este punto, la técnica ha dejado de ser un medio para mejorar la condición humana y se ha transformado en un fin en sí misma y en un nuevo plano en el que el capitalismo corporativo transnacional desarrolla sus insaciables apetitos de producción-consumo y acumulación.
El desafío para la sociedad contemporánea es el de evitar que la maravilla de la revolución tecnológica, deforme la naturaleza humana y la someta a los nuevos instrumentos de dominación. Pero sobre todo se trata de reafirmar que la tecnología, por muy sofisticada que sea, es siempre un medio, y que el ser humano es el fin, el sujeto y destinatario de todo proceso histórico y cultural.
Es por ello imprescindible que lo mejor de la conciencia crítica de nuestra época aclare con lucidez y precisión los sofisticados y sutiles mecanismos de la enajenación contemporánea, rectifique la tendencia que los conduce y proponga una ética en la que hallen de nuevo cabida y plenitud, al lado de los avances de la ciencia y de la técnica, los más elevados valores del ser humano. El autor es jurista, filósofo y escritor nicaragüense.
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