Humberto Belli Pereira
En la superficie las cosas se ven bien; hay crecimiento económico y la gente parece tranquila. Pero debajo hay una realidad maloliente que está contaminando el cuerpo social. El reciente escándalo del “talcazo” es solo una de sus manifestaciones más recientes y sonoras.
Posiblemente no exista un solo nicaragüense, sandinistas incluidos, que se trague que el hermano del chocolatito, ícono de la propaganda orteguista, llevaba en su mochila tres libras de inocente talco más pesas para venderlo por gramo, y que las dos pruebas preliminares, que detectaron cocaína, estaban equivocadas.
Yo nunca había visto, ante una noticia, tanta y tan parecida reacción del público. Véase el Internet de la Prensa: 124 comentarios un día, 99 al día siguiente, todos condenatorios e inflamados de indignación. Esto es verdaderamente excepcional, pues siempre surge alguna voz defendiendo al Gobierno. Ninguna esta vez. Ojalá las autoridades lo comprobaran y vieran el repudio sin precedentes que les ha causado este hecho. “¿Es que nos toman por estúpidos?”, se preguntaban muchos, mientras un gran número culpaba directamente a la pareja presidencial. Otros advertían sobre el daño que esto le hace a quienes laboran en las instituciones involucradas.
Decía uno: “El talcazo no solo enloda y desacredita al poder judicial, sino debe causar indignación a los policías de fila que diario a diario hacen sus labores investigativas”. Decía otro: “El excelente trabajo de la Policía lo están echando por el suelo; lo capturan con las manos en la masa y la “justicia lo absuelve”.
El hecho de torcer la justicia y mentir, para proteger a su peón o amigo, sin reparar en el perjuicio causado al prestigio de varias instituciones públicas y de sus integrantes, es precisamente uno de los aspectos más repelentes del caso.
Corrupción ha existido en Nicaragua por muchas décadas. Pero es nueva la desfachatez o desvergüenza con que se practica. En tiempos de Somoza, hacia finales de 1977, LA PRENSA acusó de malversación de fondos al presidente del Bavinic, Fausto Zelaya. El escándalo lo forzó a renunciar y marcharse para siempre del país. Y es que existía entonces algo que se ha perdido mucho, como la pena o la sanción social. Esta no eliminaba la corrupción, pero obligaba al menos a pecar con mayor recato.
Ya no más. El presidente del Consejo Supremo Electoral hace elecciones fraudulentas, como las municipales del 2008, en que ocultó las actas, y salta como pachá de su jet privado a su iluminada mansión, en San Juan del Sur. Un juez absuelve definitivamente a Alemán, quien descalfó millones, el mismo día que su partido cede la presidencia de la Asamblea Nacional. Otro día, los magistrados sandinistas de la Corte Suprema de Justicia declaran con argumentos pueriles la inconstitucionalidad de la Constitución y permiten la reelección.
Difícilmente pasa un día sin que aparezcan casos de corrupción, como los contratos sin licitación, a favor de empresarios sandinistas, como Yasser Martínez, o empresas vinculadas a la familia gobernante, como Alba Forestal, haciendo negocios depredando la reserva de Bosawas.
De no detenerse a tiempo, esta gangrena moral continuará comiéndose al cuerpo social. En 1977 el país crecía una tasa superior a la actual y Somoza parecía firmemente en control. Pero había socavado su prestigio y autoridad moral. La factura la pagó más tarde, aunque no mucho más tarde. Cuando se pierde la legitimidad que otorga el respeto a la ley y la conducta decorosa, solo queda la que otorgan los rifles y los regalos. Base frágil.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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