Desde que se comenzó a celebrar el Día Internacional de la Mujer, cada 8 de marzo, hasta ahora, sin duda que las mujeres han conseguido muchos y grandes logros en el reconocimiento de su dignidad y de sus derechos. Pero a pesar de eso, persiste la odiosa y vergonzosa lacra de la humanidad que es la violencia contra las mujeres.
En Nicaragua, según las organizaciones femeninas y feministas se ha venido incrementando ese género de violencia, no obstante la Ley 779 que castiga drásticamente los delitos que se cometen contra la vida, la integridad física, el honor y el patrimonio de la mujer.
Pero la violencia contra la mujer no es exclusiva de países atrasados, como Nicaragua, donde el machismo se encuentra profundamente enraizado y es muy difícil desarraigarlo, a pesar de la severidad de las leyes que se aprueban para penalizar los delitos y abusos que se cometen contra el sector femenino de la sociedad.
Incluso en la culta y desarrollada Europa, la violencia contra la mujer es en la actualidad un grave problema de preocupación pública, aparte de la dolorosa tragedia que personalmente representa para cada mujer que sufre la mujer en carne propia, y de las lacerantes y traumáticas consecuencias que la violencia contra la mujer provoca en el entorno familiar de las víctimas.
Precisamente en estos días se ha conocido un impactante informe de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, sección de Francia (UE -FRA), en el cual se revela el sorprendente dato de que el 52 por ciento de las mujeres danesas y el 47 por ciento de las finlandesas, han sido víctimas de la violencia contra la mujer en sus distintas formas. Sorprendente, porque Dinamarca y Finlandia, países nórdicos de Europa, tienen las mejores credenciales en casi todos los estándares de desarrollo, prosperidad, transparencia, calidad de vida, cultura y educación. Mientras que España, con 13 por ciento de mujeres víctima de la violencia, figura entre los cinco países europeos con el menor porcentaje de violencia, al lado de Austria, Eslovenia, Irlanda y Polonia, que tienen índices similares.
La encuesta, que entrevistó a 42 mil personas del sexo femenino de los países de la Unión Europea, escogidas al azar, reveló que una tercera parte de las mujeres de Europa “han sido víctimas de violencia física o sexual, más de nueve millones de europeas han sido violadas y la mitad de la población femenina es objeto de acoso sexual”. Inclusive, como si estuviera hablando de países atrasados con arraigada cultura machista, el director de la mencionada agencia de la Unión Europea, el danés Morten Kjaerum, informó que, “según la encuesta, el 67 por ciento de las mujeres agredidas por su pareja no denunció el ataque más grave sufrido”.
Esta información debería aprovecharse para analizar y entender mejor el problema de la violencia contra la mujer, cuyo incremento incluso en la avanzada Europa podría ser consecuencia del relativismo moral que hay en el mundo de hoy, del debilitamiento de instituciones y valores tradicionales como la religión, el matrimonio, la familia y el respeto al carácter sagrado de la vida humana, en todas sus etapas, aún desde la concepción.
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