Marc-Thomas Bock
Después de cuatro días de mucho trabajo, en la ciudad de Guadalajara, a mis dos colegas y a mí nos dieron ganas de divertirnos algo. En un taxi nos dirigimos desde nuestro hotel hacia el viejo centro de la metrópolis mexicana, habitada actualmente por siete millones de personas. Estando allí, admiramos la Catedral, el teatro y el bellísimo palacio de la justicia que están remodelados y cuya fachada está siendo repintada en blanco. Finalmente llegamos a la plaza de Pablo Neruda, que se encuentra detrás de la Catedral, donde los vendedores están empacando su mercadería y los limpiazapatos están esperando a su último cliente con el Sol poniente. En los escaparates, la luz de las lámparas iluminan los bellísimos vestidos de boda y la ropa festiva de color blanco y celeste para damas de todas las edades.
Estábamos en la intersección de las calles La Grecia con la Pedro Moreno, enfrente del puesto de venta de periódicos El Occidente y de repente nos encontramos con un grupo de personas que estaban escuchando a un hombre que sentado frente a ellos y cuya apariencia daba algo de miedo: debajo del pelo revuelto, su mirada fija en un punto imaginario en el adoquinado de la calle. Su brazo envolvía una culebra coral. Delante de él se encontraba una canasta con dos víboras gruesas y en su pierna derecha estaba atado un negro lagarto del desierto con cabeza ancha, así como si se tratara de un perro o de un gato o de cualquier animal doméstico. Con su voz impasible hablaba al público que lo rodeaba sin mirarlos ni una sola vez. No me vean la cara —decía— tengo la mirada malvada. Luego sacó un juego de naipes del bolso de su camisa y de un pañuelo formó de nudos una figura humana, con solamente una mano, mientras con la otra mano levantaba un naipe con la imagen de una mujer. Luego animó a los presentes que le dijeran el nombre de esta mujer. Por medio de la magia él podía convertir a las mujeres en fieles o en infieles. Luego dobló el naipe y tomó la cabeza de la coral para que mordiera el naipe dos veces. Que le dijeran el nombre de esta mujer y el deseo del que dijera el nombre se cumplirá. Según cuantas veces doblara el naipe y la coral mordiera el naipe con sus dientes, moverá a la desconocida a actuar de acuerdo con el deseo.
Admito que los tres mirábamos fijamente al charlatán. ¿O realmente era un brujo? Un extraño de México nos cuenta cosas que también pertenecen a la vida mística de toda Centroamérica. Mi colega Delia es de la ciudad de León. Ella conoce muchas leyendas con las que uno crece en Nicaragua y que forman parte de la vida interior de cualquier nicaragüense. Aunque los tres nos denominamos personas pensantes e ilustradas, el hombre nos dejó algo horrorizados y nos dimos cuenta cómo esta mezcla de Voodoo, leyendas y la realidad de la figura del brujo, de repente, tuvo efecto en nosotros.
En este momento deseábamos que el rico tesoro de leyendas de Nicaragua forme también parte de los libros de enseñanza, no para reanimar una nueva superstición, sino para reafirmar en los niños la idiosincrasia nicaragüense. Aquí las historias del pueblo son las propias desde Ocotal hasta Ometepe, desde Carazo, Niquinohomo hasta Bilwi, leyendas como: la Llorona, la Mocuana, la Carreta Nagua, la Bruja sin cara, el Cura sin cabeza, el Tío Conejo, etc.
No hay muchos nicaragüenses que hayan documentado de forma artística las leyendas, los mitos y las brujerías, con el fin de resguardarlos para las generaciones presentes y futuras: Fabio Gadea con su Pancho Madrigal, Pablo Antonio Cuadra (PAC) con su muestrario del folclor nicaragüense, el autor Carlos Ampié Loria que vive actualmente en Dresde, Alemania. Pero, gracias a estos intelectuales las leyendas de Nicaragua han sobrevivido hasta el día de hoy.
El autor es director del Colegio Alemán Nicaragüense.