En la vieja y todavía inconclusa historia de la lucha contra las dictaduras de América Latina, el final de los regímenes tiránicos comenzó casi siempre con la represión sangrienta contra la juventud y los estudiantes. Así ocurrió en Venezuela, con la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, la cual fue derrocada el 23 de enero de 1958, pero su derrumbe comenzó cuando los estudiantes y jóvenes que protestaban en las calles fueron masacrados por las fuerzas represivas. Y prácticamente lo mismo ha sucedido en todos los demás países latinoamericanos, donde otras dictaduras fueron derrocadas y su final comenzó con la persecución y la represión criminal contra los estudiantes.
Si este hecho, repetido a lo largo de la lucha contra las dictaduras en América Latina, es una regularidad de la historia, es posible esperar que ahora la criminal represión del régimen de Nicolás Maduro contra la juventud venezolana podría ser —y ojalá que así fuese— el principio del fin de la dictadura chavista de Venezuela.
Pero la lucha cívica que el valiente, admirable y ejemplar pueblo democrático de Venezuela libra en las calles contra la dictadura chavista, enfrentando a fuerzas represivas tan poderosas como carentes de escrúpulos, también aporta experiencias novedosas que deberían tomarse como pautas en otros países donde también se lucha — o se necesita luchar, igual que los venezolanos— contra las nuevas dictaduras y gobiernos autoritarios que se han enquistado en la región.
Nos referimos especialmente a la actitud personal del principal líder de la lucha actual contra la dictadura chavista, Leopoldo López, quien se entregó voluntariamente a las fuerzas represivas del régimen, militares y judiciales que lo acusan por graves delitos inventados.
Lo que ha ocurrido históricamente, siempre que un líder democrático ha sido perseguido con saña por una dictadura (para encarcelarlo, desterrarlo o asesinarlo), es que ese líder se va a la clandestinidad para seguir dirigiendo la lucha desde las catacumbas, o huye hacia el extranjero para continuar la lucha en el exilio. Incluso ha habido casos en que los líderes perseguidos se entregan para renunciar a la lucha y renegar de sus propios principios, a cambio de ser perdonados por la dictadura.
Pero Leopoldo López se ha entregado para llevar su desafío a la dictadura hasta el terreno de sus tribunales corruptos y de sus cárceles inmundas, con la decisión de sacrificar la libertad personal y hasta la vida, para motivar a su pueblo a luchar hasta la victoria final.
“Venezuela hoy más que nunca necesita que cada uno asuma el compromiso de querer cambiar; ese compromiso no puede ser pasivo, tiene que ser activo”, expresó Leopoldo López en un vídeo grabado junto a su esposa, que se dio a conocer después que se entregó a los sicarios militares y judiciales de la dictadura chavista. “Hoy más que nunca la salida de este desastre al que estamos sometidos, la salida de este grupo de personas que han secuestrado el futuro de los venezolanos, está en tus manos: vamos a luchar. Yo lo estaré haciendo… Estamos del lado correcto y vamos a ganar”, proclamó Leopoldo López, un líder democrático de verdad.
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