Un amigo diplomático japonés me comentó —a propósito de mi columna de la semana pasada titulada “Amaterasu, la diosa de la luz”—, que según la tradición de su país, de esta divinidad descienden los emperadores de Japón hasta en la época actual.
En efecto, en la Enciclopedia de Mitología Universal, escrita por autores británicos, la cual cité en la columna del pasado viernes 14 de febrero, se explica que “los registros de la mitología japonesa se escribieron con la intención explícita de establecer la descendencia divina de la familia imperial japonesa ”
Recapitulando y ampliando un poco lo que escribí en la columna anterior sobre Amaterasu, después que los dioses se las ingeniaron para hacerla salir de la cueva, donde se había recluido para huir de los ataques de su desleal hermano, Susa-no-o, a este se le castigó cortándole las barbas y los bigotes, lo mismo que las uñas de los dedos de las manos y de los pies, y enviándolo al exilio en la Tierra.
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En el lugar a donde llegó el exiliado Susa-no-o, había una pareja de ancianos con su hermosa hija llamada Kusanade-hime (Princesa del arrozal), quienes vivían aterrorizados por un monstruo que tenía ocho cabezas y otras tantas colas. Susa-no-o dijo a los ancianos que él podía matar al monstruo y librarlos de aquella amenaza, pero deberían permitirle que se casara con su bella hija. Los ancianos aceptaron la propuesta y, en efecto, Susa-no-o mató al monstruo (después de emborracharlo dándole a tomar un licor de arroz llamado sake, que literalmente significa bebida alcohólica) y de una de las ocho colas le arrancó una espada mágica llamada Kusanagi (Cortadora de hierba).
Susa-no-o entregó aquella espada maravillosa a Amaterasu, para congraciarse con ella. Después se casó con Kusanada-hime y se establecieron en un lugar llamado Izumo, donde ahora es la prefectura de Shimane.
Susa-no-o se hizo gobernante de Izumo y poco a poco fue extendiendo sus dominios a expensas de los territorios vecinos. Con el tiempo, el poder en Izumo pasó a manos de un hijo y después de un nieto de Susa-no-o, quien se vio envuelto en graves conflictos de ingobernabilidad.
Preocupada por esta situación, Amaterasu decidió conquistar la tierra y poner fin a los desórdenes. Con ese fin envió a uno de sus hijos, pero pasó el tiempo y no regresó ni se sabía nada de él. Amaterasu envió entonces a un dios llamado Ame-no-waka-hiko, después a un faisán divino y luego a otros dioses que luchaban contra Okuninushi, pero este los resistía una y otra vez. Hasta que decidió rendirse con la condición de que se reservara para él un lugar entre los dioses de Izumo, a lo que accedió Amaterasu, quien mandó a construir un santuario para él en Kisukil, en el mismo territorio de la mencionada prefectura de Shimane.
Amaterasu mandó a su nieto Ninigi-no-mikoto para que gobernara la tierra y le entregó los tres signos de soberanía y poder: uno, el espejo que usaron los dioses para que ella viera su reflejo y saliera de la cueva donde se había refugiado; dos, las joyas magatama que Tsukuyomi-no-kami, dios de la Luna, le regaló a Amaterasu; y tres, la espada que Susa-no-o arrancó de una de las colas del monstruo de ocho cabeza y ocho colas.
Según la tradición, desde entonces y hasta ahora el espejo, las joyas y la espada que simbolizan el poder, han pasado de uno a otro de todos los emperadores japoneses, quienes descienden directamente de la estirpe de Amaterasu, la diosa del Sol.
Por eso el nombre japonés de Japón es Nihon, que literalmente significa “el Origen del Sol” y por lo cual se le llama “el País del Sol Naciente”.
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