Nunca estuvo tan rigurosamente expuesto el detalle íntimo de cada cifra como el que ha sido publicado en referencia al saldo negativo. En un solo acto de protesta la siniestra contabilidad de 3 muertos y 69 casos riesgosos de terminar en el ocaso irrevocable.
Durante el año 2013, setenta personas fueron asesinadas cada día en Venezuela sin que ninguno de los matadores haya sido puesto en el trono de la justicia. La receta punitiva entró en absoluta opacidad porque la niegan los encapuchados. Los familiares de las víctimas no tienen la libertad de llorar en voz alta. Gimen silenciosos porque la repercusión del grito adolorido tiene significado de subversivo. No ha sido incluida en los setenta asesinatos, la suma epidémica de los asaltos y secuestros alentados por el mutis cómplice de la policía. Y tolera porque detrás de la máscara se descubre “a las fuerzas populares contra la burguesía”. Cara ha sido también para Venezuela la estrategia de armar a “las fuerzas bolivarianas” cuya vigencia pone a otro fantasma aciago en la calle con boleto premiado para reprimir en nombre del libertador. Este nunca pudo congeniar con semejantes tropelías. Cajonero es manchar con basura la gloria de los héroes.
No pueden estar dentro de los Atilas nocturnos capaces de disparar contra una reina de belleza, su exconsorte con el que se reconciliaba escogiendo como escenario de amor a su patria, contra una niña de 5 años, la juventud estudiosa deseosa de querer como factor del porvenir, algo mejor para su país, inscrita en el respeto al derecho de vivir escalando los senderos del progreso. No puede andar ella en una motocicleta asignada por el propio gobierno con la misión de izar la bandera del terror.
Los hemos visto fotografiados por diarios y revistas internacionales luciendo a la par de las ocultas credenciales, las imágenes de la simbología opresiva. Esos no son los estudiantes, las mujeres y hombres inconformes con el sistema, contra la crisis económica, la espiral inflacionaria, contra la cubanización venezolana, amenaza que sube de tono cada vez que hay un reclamo masivo para tener a una nueva Venezuela, convertida en uno de los países más violentos del mundo con una tasa de homicidios que triplicaba y ahora puede cuadruplicar los crímenes en países severamente castigados por la combustión del narcotráfico.
Cuando la nocturnidad impune sacó de este mundo al emblema de la belleza universal con cuna en Venezuela, Maduro de apellido, e inmaduro en el fondo, concentró por primera vez a la oposición incluyendo a Capriles para que contribuyera a una certera salida del galimatías. Y saben ¿cuál fue la causa del desastre, de la corrupción, del crimen?: la telenovela. Había que censurarlas. Ese fue el inmaduro descubrimiento. Si la novela fuese la causa del desconcierto, el mundo ardiera en llamas, pues qué parte de la tierra no es adicta a su fantasía pasiva o activa.
Los mandones —ellos mismos— aceleran su epílogo en la medida en que más petrifican el rostro en las tribunas en las cuales se transforman en burdos imitadores del mohín hitleriano. Carecen del mínimo olfato para gobernar, gruñen en vez de persuadir con la solvencia de la lógica, con la escasa humildad de la reflexión.
La obra tiene puesto el título en la cartelera. Se llama “El Caos”. No se necesita ser adivino para vaticinar el final. El autor es periodista.
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