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Fernando Bárcenas

¿Mandaron a la muerte a Carlos Fonseca?

El escritor e historiador Jesús Miguel Blandón sostiene la tesis, en su nuevo libro, que Carlos Fonseca fue enviado a morir por omisión consciente de parte de sus compañeros de organización, quienes le dejaron aislado luego de presionarle para que entrara al país desde Cuba (donde permanecía desde 1969).

Hay un cariño y admiración para Fonseca de parte de Blandón (compartido, obviamente, por todo nicaragüense honrado), que le lleva a ver los acontecimientos —a posteriori— como si salvaguardar la vida de Fonseca fuese entonces —por definición— un objetivo prioritario en la lucha armada contra Somoza. En realidad, ni salvar la propia vida era un objetivo prioritario para cada guerrillero, en una lucha asimétrica, en la que prevalecía la voluntad más que la capacidad táctica. Antes de 1978, la guerrilla sufría constantes reveses fulminantes con una cuota muy alta de bajas mortales. En especial entre los cuadros dirigentes.

En la ideología de la guerrilla nicaragüense, cada golpe mortal, más que un sentimiento de impotencia, que motivara revisar en su totalidad la metodología del combate (como correspondería a una cultura empírica, que extrae conclusiones generales de la práctica), prevalecía en ella la admiración por el sacrificio, producto de las reminiscencias en el subconsciente del martirio cristiano. De modo, que cada caído en combate era objeto de culto por su heroísmo. Este factor contradictorio era una fortaleza anímica, espiritual, pero, a su vez, era una debilidad estratégica para trazar con urgencia una dinámica más efectiva de lucha militar.

Fue, precisamente, Eduardo Contreras quien aportó una iniciativa táctica audaz, hasta entonces inexistente en la práctica guerrillera urbana (bastante limitada como lucha militar, en parte, por influencia de Fonseca, cuyas ideas guerrilleras —lejos de cualquier teoría miliar— se abrían camino en un cerco complejo de normas morales).

En realidad, Fonseca, forjador del espíritu de rebelión a la dictadura, carecía de experiencia teórica y práctica, y de condiciones físicas para la lucha guerrillera, tanto urbana como rural, a pesar de su espíritu combativo y de su valor personal indiscutible.

Blandón se hace eco de las reflexiones superficiales de Tirado López, quien considera que “Contreras y Pedro Arauz deseaban sepultar y acabar con el liderazgo de Fonseca”. En consecuencia, Blandón afirma que Fonseca fue sacrificado, y en el título de su libro, sin considerar el escenario total de la lucha (por fuerza, llena de un debate estratégico en esos años), se pregunta injustamente: “¿Quiénes le enviaron a la muerte?”. Obviamente, la naturaleza del debate llevaba implícito la crisis del liderazgo tradicional, pese a sus méritos históricos y morales.

La tesis de Blandón queda desmentida por los hechos, si consideramos que el mismo Contreras cayó abatido por la guardia somocista en Satélite Asososca, el mismo día que murió Carlos Fonseca en Zinica. Igualmente, muere en combate en “los altos” Pedro Arauz Palacios, a menos de dos años de la muerte de Fonseca.

No obstante, es claro que ambos cuadros, entrenados por los palestinos (quienes desarrollaban una guerra de mediana intensidad, con apoyo de la población, y con operaciones de comandos) tuvieran una visión más activa del combate, contrapuesta a lo que ellos llamaban “infantilismo de izquierda” que, a su criterio, se desarrollaba en torno a la tesis del foquismo (que defendía Fonseca). No cabe duda que ambos buscaran desplazar y reducir la influencia de Fonseca en las decisiones sobre la táctica guerrillera; y que trataran de imponer una concepción más táctica de la guerrilla, en contra de las directrices de Fonseca.

Fonseca, crítico en abstracto de las fracciones que surgen de la realidad concreta que enfrenta la organización, se integra a la montaña, en 1976, con sumo pesimismo personal, dándole largas —en un periplo de más de seis meses, sin ejecutar combate alguno— a cualquier reunión con los dirigentes de las tendencias, al intuir que su prestigio personal no constituye un factor decisivo para la unidad.

De modo que muere aislado, pero, por propio anacronismo histórico, como una presa demasiado fácil para la contrainsurgencia de la guardia. No pretende sobrevivir en su nuevo rol de exdirigente cuestionado por la ruptura orgánica. Escoge, entonces, un escenario adecuado a su espíritu de luchador inclaudicable, y a sus ideas místicas. Por esa conciencia interior de su destino personal anacrónico, es un personaje humano, digno de la tragedia griega.  

El autor es Ingeniero eléctrico.

COMENTARIOS

  1. Cachinflin
    Hace 8 años

    Si Fonseca hubiera sobrevivido hoy tendriamos un millonario mas en Nicaragua.

  2. Gilberto S. Tenorio
    Hace 8 años

    En su larga disertación,el articulista Bárcenas pretende,con teorías un tanto confusas,defender las posturas de Contreras y Aráuz en sus aventuras guerrilleras y en la responsabilidad que pudieron haber tenido en la muerte de Fonseca Amador. Más aún, el que ambos individuos hayan muerto enfrentando a la extinta G.N.,uno el día del sacrificio de Fonseca y el otro dos años más tarde no desmiente ni al Dr. Blandón ni a López Tirado. Dicho argumento sí es superficial y carece de peso.

  3. Juan
    Hace 8 años

    Babosos los tira bala que anduvieron dis que derrocando dictadura jejejeje

  4. Sherlock Holmes
    Hace 8 años

    Todos esos quiebres de 77 y 78, en Nandaime, en Jiloa, en la carretera Tipitapa-Masaya, donde en cada uno de ellos murieron miembros” propietarios” del Secretariado General del Frente, como Contreras, Arauz Palacios, Ricardo Morales Aviles. Fueron gracias a dos soplones que conocian con exactitud las ubicaciones de las casas de seguridad de esos dirigentes que eran secretos compartimentados, pero que los soplones conocian por ser miembros suplentes del secretariado

  5. Román
    Hace 8 años

    De acuerdo con Cachinflin. Sus convicciones se quedaron atrás cuando empezaron a ver los billetes

  6. nicasio
    Hace 8 años

    Por el amor a los billetes, el MRS fue desheredado.

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