Con la aprobación ayer por la tarde del dictamen a la oficialmente llamada “propuesta de reforma parcial a la Constitución Política”, o contrarreforma, como preferimos llamarle, se puede decir que el tren con destino a la dictadura está por salir.
Con esta contrarreforma el orteguismo zarpa definitivamente hacia una aventura totalitaria que, si nos atenemos a los ejemplos tanto de nuestra historia como a los de otros países, solo auguran más pobreza e inestabilidad para los nicaragüenses.
En esencia, como claramente lo dijo la Conferencia Episcopal de Nicaragua, estas reformas están orientadas “a favorecer el establecimiento y perpetuación de un poder absoluto a largo plazo, ejercido por una persona o un partido de forma dinástica o por medio de una oligarquía política y económica”. Ese es el corazón de la contrarreforma.
El dictamen se presenta a plenario sin mayores cambios. De las 23 entidades consultadas por la comisión en las pasadas dos semanas, 18 eran orteguistas o asalariadas del régimen. Las cinco independientes dejaron claro su objeción total, pero no fueron tomadas en cuenta.
Tan pronto como el martes 10 de diciembre los diputados orteguistas estarán aprobando la contrarreforma que en estricto sentido jurídico es un cambio de sistema de gobierno. Un cambio que no ha sido sometido a la mínima consulta del pueblo de Nicaragua, que es en quien reside la soberanía nacional, según la actual Constitución Política que el orteguismo se apresta a mancillar.
Con la presentación de la contrarreforma tal cual fue enviada originalmente, el presidente inconstitucional Daniel Ortega está siguiendo la misma estrategia radical que siguió en 2008, cuando muy abajo en las encuestas perdió decenas de alcaldías en todo el país, incluyendo la de Managua y decidió, a pesar de la debilidad de su gobierno, robarse más de 40 elecciones. Las protestas no se hicieron esperar y la respuesta de Ortega fue sacar las turbas a la calle, con machetes. La estrategia resultó, la ciudadanía intimidada se encerró en sus hogares y se tragó el fraude.
Hoy, en una posición de total control, sacó su “propuesta” de reforma en la que sin duda había muchos elementos “desechables” puestos allí solo para negociarlos, sin embargo, como el rechazo fuera del coro oficialista fue total, Ortega no se detiene sino que acelera y la contrarreforma será aprobada en primera legislatura entre el 10 y el 15 de diciembre.
Es posible que en enero, cuando el orteguismo se apreste a aprobarlas en segunda legislatura, haga de nuevo gestos de negociación, en un intento de comprar alguna legitimidad subiendo al vagón de cola del tren hacia la dictadura a los que muerdan el anzuelo de la negociación. Sin embargo, está claro que los aspectos torales no son negociables para el orteguismo, por lo tanto la oposición, la sociedad civil, la empresa privada o cualquier otro sector al que las sirenas del régimen le canten al oído debe saber que lo que obtendrá a cambio de constitucionalizar un régimen absolutista serán concesiones cosméticas.
Si no van a estar en discusión la reelección continua, el concepto de democracia directa, el adefesio de los consejos sectoriales (que constituyen el corazón del corporativismo fascista) o cualquiera de los pilares que darán permanencia a la dictadura entonces es preferible que el régimen aborde el tren solo. Cualquiera que lo acompañe compartirá responsabilidad con el orteguismo del resultado de esta temeraria aventura.
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