Cuando el doctor Francisco López —Vicerrector de la Universidad Central de Nicaragua— leyó el acta, se multiplicó el conocimiento sobre las razones por las cuales se concedió el doctorado Honoris-Causa a Irene López. Igual distinción se dio a Enrique y Carlos Mejía Godoy, ceremonia gozada por haber ocurrido en vida plena, en el salón de convenciones del Crowne Plaza el 12 de noviembre.
Los aires didácticos que luce Irene son irrefutables. Ningún escepticismo cabe en la entrega de la vida desde que la devoción le puso guirnaldas a su traje de baile, naturales porque ella siempre defiende el principio de la autenticidad donde también han sido bien aprovechados los conceptos de la recreación. En ese sentido hizo una innovación académica a “El Güegüence” al que puso como “El Gran Pícaro”. Le ha dado escrupulosidad artística a la danza en una labor continua donde la pausa ha sido un elemento extraño desde que en 1965 se puso en la cuna del movimiento vernáculo.
Varias veces ha superado el cupo del Teatro Nacional Rubén Darío. Fundadora junto con Camilo Zapata de la primera escuela de danza de Nicaragua, nombrada Mujer de Nicaragua por ser mujer-danza-mujer. Diría que su trayecto moldea la síntesis de una historia movida por el ritmo ancestral caracterizado por el respeto a sus formas. Pura y no purista. No he visto en ella la ambigüedad mostrada por otras compañías de ballet excedidas en la novedad postiza.
Que se ponga el doctorado en el pecho de los artistas es una excelente iniciativa de la Universidad Central. El reconocimiento se convirtió en una amena combinación de lo que siendo académico dio pautas a la trilogía doctoral para que hiciera una demostración real de sus facultades, lo cual ocurrió en una muy nicaragüense pluralidad de emociones.
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