En la decaída oposición partidista al régimen autoritario de Daniel Ortega, se habla de unidad opositora y particularmente de la unidad de los liberales como si esta fuese una especie de fórmula mágica. Al parecer, quienes comparten esa ilusión creen que bastaría con que se unieran todos los grupos opositores y en particular los liberales, para que la oposición adquiera la capacidad de derrotar al orteguismo, ya sea en elecciones, si estas fuesen limpias, o en cualquier otro terreno de lucha cívica.
Se trata de una idea similar o muy parecida a la que se tiene de la elección de las magistraturas y otros altos cargos estatales, los cuales están vacantes de derecho pero fueron prorrogados de hecho por una disposición administrativa de Daniel Ortega, quien de acuerdo con la Constitución no tiene la facultad de hacer tal cosa ni aunque fuese un presidente legítimo. Según la creencia generalizada, basta con que la Asamblea Nacional elija esos cargos para que se restablezca la institucionalidad del país. Lo cual no es cierto, porque la falta de cumplimiento del procedimiento establecido en la Constitución para el nombramiento o elección de esos cargos por medio de la Asamblea Nacional, solo es el aspecto jurídico de la falta de institucionalidad. El fondo del asunto radica en que los poderes del Estado no son independientes, están sometidos a un titular del ejecutivo autoritario y, por lo tanto, aunque los cargos vencidos sean elegidos el país seguirá desinstitucionalizado. Para que la institucionalidad nacional sea restablecida, obligatoriamente hay que recuperar el sistema político gubernamental de separación de poderes y control y balance democrático entre ellos.
En cuanto a la creencia —o más bien la esperanza— de que la unidad opositora y principalmente la unificación de los liberales es una especie de fórmula mágica para poder derrotar al orteguismo, es obvio que parte de una valoración mecánica de las cifras electorales de 1996 y 2001, cuando los liberales aglutinados en el PLC ganaron las elecciones al sandinismo de manera contundente: 51.03 por ciento de los votos contra 37.75 por ciento de Daniel Ortega y el FSLN, tuvo el liberalismo en 1996; y 56.03 por ciento sobre 42.03 por ciento en el 2001.
Pero aquella realidad del pasado ya no existe en el presente. Ahora hay otra situación en el país y la correlación de fuerzas políticas y partidistas es completamente diferente y desventajosa para la oposición. Y aunque la unidad opositora en general y de los liberales en particular sea muy importante, incluso indispensable para las grandes batallas políticas por la democracia que inevitablemente se van a librar en el futuro, por sí misma y en la actualidad no es un factor determinante.
Además, no se puede olvidar que los liberales ya se unieron en una ocasión electoral, después de la catástrofe de las votaciones de 2006. Se unieron para las elecciones municipales de 2008, pero el PLC no fue leal a su aliado PLI y más bien ayudó al orteguismo a montar el fraude electoral, de manera que la oposición fue despojada de por lo menos 40 alcaldías incluyendo la de Managua.
Se ve muy difícil, casi imposible, que los liberales, juntos o separados en sus denominaciones PLI y PLC, vuelvan a ser la gran fuerza electoral que antes fueron. Pero la bancarrota opositora actual puede ser una oportunidad para crear una nueva fuerza política, amplia y moderna, que pueda conquistar el corazón de la gente democrática.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A