“Existen muchas causas por las cuales estoy dispuesto a morir, pero ninguna por la cual esté dispuesto a matar”. Esta impresionante declaración fue escrita en su autobiografía por Mahatma Gandhi, el padre de la independencia nacional de la India. Y aparece ahora, esta frase, como epígrafe del portal electrónico de la Organización de Naciones Unidas (ONU) dedicado al Día Internacional de la No Violencia, que se conmemoró ayer en todo el mundo. La ONU estableció el Día de la No Violencia en esta fecha, en memoria de que el 2 de octubre de 1869 nació Mahatma Gandhi, quien predicó y practicó la desobediencia civil —a la que llamó “satyagraga”, o sea “la fuerza de la verdad” en idioma hindi— hasta que su país alcanzó la independencia nacional y su pueblo conquistó la libertad. Irónicamente, Gandhi murió víctima de la violencia política, asesinado por un fanático ultraderechista el 30 de enero de 1948.
En la Resolución de las Naciones Unidas del 15 de junio de 2007 que instituyó el Día Internacional de la No Violencia, se dice que el propósito de esta celebración es “diseminar el mensaje de la no violencia, incluso a través de la educación y la conciencia pública”; reafirmar “la relevancia universal del principio de la no violencia” y animar el esfuerzo y la lucha por “conseguir una cultura de paz, tolerancia, comprensión y no violencia”.
Pero no es fácil crear la nueva cultura de no violencia. Desde tiempos muy antiguos los hombres y las sociedades admitieron, justificaron y promovieron la violencia como forma principal, incluso única, para dilucidar la lucha por el poder y resolver los conflictos políticos y sociales. Se acuñó incluso el concepto dual de violencia justa e injusta, siendo la primera la que practican los oprimidos para liberarse de sus opresores, y la segunda, la de estos para someter a los pueblos y aplastar sus rebeldías.
El marxismo-leninismo, que en la época moderna pretendió arrogantemente ser la única doctrina política científica y veraz, proclamó que para tomar el poder los revolucionarios debían combinar la práctica de todas las formas de lucha, legales e ilegales, pacíficas y violentas, armadas y desarmadas. Pero su verdadero propósito era tomar el poder por medio de la violencia armada en cualesquiera de sus formas. En todas partes donde los comunistas y demás revolucionarios marxistas y nacionalistas tomaron el poder, desde Rusia en 1917 hasta Nicaragua en 1979, lo hicieron por medio de la guerrilla, la insurrección armada, el terrorismo y la guerra civil. Y ahora que se han solapado con el denominado “socialismo del siglo XXI”, los neocomunistas han optado por la estrategia de tomar el poder aprovechando las elecciones y otros medios cívicos y pacíficos de lucha, utilizando los mecanismos de la democracia, pero sin renunciar a la violencia que usan a discreción cuando les conviene, y sobre todo para reprimir a sus opositores e impedir el retorno de sus países a la democracia y la libertad.
En Nicaragua hay una experiencia muy aleccionadora, de que si bien es cierto que la violencia ha servido para derrocar las dictaduras, de todas manera ha sido para que se instauren nuevos regímenes dictatoriales. Pero también demuestra la experiencia nacional, que por medio de la lucha cívica y la no violencia se puede conquistar la democracia. Así ocurrió en 1990, con la UNO y doña Violeta, y lo mismo tendrá que volver a ocurrir en las nuevas condiciones históricas que prevalecen en el país.
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