Cuando Ryan Braun se situó detrás de un micrófono y se dirigió al universo del beisbol en febrero del 2012, parecía decir la verdad.
Y para dar más convicción a sus palabras, recurrió a una frase que invitaba a identificarse con él y que lo perseguirá el resto de sus días.
“Verdaderamente creo en mi corazón que podría apostar mi vida que esa sustancia jamás entró en mi cuerpo”, dijo y la concurrencia calló.
Pero en realidad, sustancias ilegales para mejorar el desempeño deportivo habían entrado muchas veces a su cuerpo pese a su discurso.
Braun, suspendido el resto del año por las Ligas Mayores tras violar múltiples veces el programa antidrogas, fue drafteado en 2005.
En 2007 llegó a las Mayores. Es decir, su arribo se dio cuando el Informe Mitchell develó la falta de integridad de astros del juego.
La reputación de leyendas como Barry Bonds, Sammy Sosa o Roger Clemens quedó destruida, pero Braun no aprendió la lección.
Siguió delinquiendo, impulsado por su deseo de fama, gloria y riqueza, mientras hablaba de integridad y honorabilidad en su vida.
A Braun lo “agarraron” en el 2011, año en que fue el Más Valioso, pero fallas de procedimiento, botaron el caso y logró salir del hoyo.
Tampoco aprendió y, empujado por su ambición, siguió vinculado con nuevas formas de violar el programa de drogas que lo volvió a pescar.
Así que además de tramposo y mentiroso, Braun actuó como un torpe todo este tiempo, creyéndose más vivo que los demás. Ahora la paga.
En 2014 volverá y dirá que ya dobló la página. Pero el pasado es a veces tan presente, que nos persigue aunque no nos agrade.
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