El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, está comprobando la gran inconveniencia de que un gobernante democrático haga migas con gobiernos autoritarios e intolerantes, como el de Venezuela.
En los términos del “realismo político” se dice, con pretensión de verdad absoluta, que los Estados no tienen amigos, solo intereses. Lo cual significa que si a un gobierno democrático le conviene —por razones económicas, políticas o estratégicas— tener buenas relaciones con otro gobierno dirigido por déspotas y matones, adelante, no hay problema. Supuestamente la política internacional no necesariamente tiene que ser ética y los intereses de Estado y nación están por encima de cualquier escrúpulo moral.
Esta concepción y práctica amoral de la política internacional, algunos gobiernos la llevan más allá de los límites de una estricta conveniencia estatal y nacional, hasta convertirla en una íntima amistad rayana en el contubernio con gobernantes tiránicos o autoritarios, llámense Raúl Castro, Nicolás Maduro o Daniel Ortega.
De esto, precisamente, se ha acusado en Colombia al presidente Juan Manuel Santos. Desde que comenzó su mandato presidencial, el 7 de agosto de 2010, Santos comenzó a coquetear con el régimen chavista de Venezuela y se alejó de la línea trazada por su antecesor y promotor, Álvaro Uribe. De esa manera contradijo el mandato de los ciudadanos, que lo eligieron para que diera continuidad a la política uribista de seguridad democrática que implicaba el enfrentamiento vigoroso a las narcoguerrillas de las FARC y la denuncia de la dictadura bolivariana, enquistada en Venezuela y expandida a varios países de la región.
Al respecto, el exvicepresidente colombiano, Francisco Santos, potencial candidato presidencial por el partido Centro Democrática que está organizando el expresidente Álvaro Uribe, dijo durante una visita que hizo el miércoles de esta semana a El Nuevo Herald, de Miami, que el reconocimiento del Gobierno de Colombia a Nicolás Maduro como presidente de Venezuela, a pesar del fraude denunciado por la oposición, es “uno de los episodios más vergonzantes de la política exterior de nuestra historia”. Francisco Santos, quien es primo del actual mandatario colombiano y lo apoyó en su campaña presidencial, agregó: “El presidente Santos actuó de una manera cobarde frente a la vigilancia de algo tan precioso, de todos los que nos consideramos demócratas, como es preservar la democracia en países cercanos a nosotros y en el que es fácil ver cómo se desmoronan todos los espacios democráticos”.
Sin embargo, el presidente Juan Manuel Santos recibió esta semana en Bogotá al líder democrático de la oposición venezolana, Henrique Capriles, a quien también trató como un amigo. Esto provocó que los gobernantes de Venezuela atacaran al presidente Santos, hasta ahora su gran amigo, con extrema e insólita virulencia. Inclusive, el canciller venezolano, Elías Jaua, hablando en nombre del régimen chavista de Caracas ha amenazado con revisar las relaciones de Venezuela con Colombia y que suspenderán el auspicio que le han dado a las negociaciones de paz del Gobierno colombiano con los representantes de las FARC en La Habana, Cuba.
No obstante, observadores políticos colombianos independientes consideran que la situación no pasará de la violencia verbal de los gobernantes de Caracas, pues al fin y al cabo a quien más conviene mantener la buena relación entre Venezuela y Colombia es al régimen chavista.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A