El filólogo y filósofo alemán del siglo pasado, Werner Jaeger (1888-1961), escribe en su obra monumental Paideia: los ideales de la cultura griega, que el primer mandamiento de la educación y la cultura de los antiguos griegos era honrar a los dioses. Que dicho sea de paso es también el primer mandamiento de las escrituras sagradas hebreas: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, y de la doctrina cristiana: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”.
Para aquellos griegos de la antigüedad honrar a los dioses no significaba solo adorar sus imágenes sino también acatar su voluntad. Recordemos que en ese tiempo las divinidades se comunicaban con los mortales, ya fuese de manera directa o por medio de oráculos y señales.
En el marco del mandamiento griego de honrar a los dioses se sitúa la leyenda de Órnito, a la cual voy a referirme.
Antes de ir a Troya para librar la guerra más célebre de la antigüedad, todas las naves de los griegos debían reunirse en la bahía de Áulide, una pequeña ciudad portuaria de la región de Beocia. De allí partirían juntas para cruzar el mar, hasta llegar a las costas de Asia Menor, donde ahora es Turquía y se encontraba la grande, pujante y rica ciudad de Troya.
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Para poder navegar era necesario que el viento soplara e hinchara las velas de los barcos. Pero, de repente, y por mucho tiempo, en Áulide no sopló ni la más ligera brisa. Es que la diosa Atenea estaba enojada con Agamenón, rey de Argos y Micenas y general en jefe de la expedición griega contra Troya, porque no había cumplido la promesa de sacrificar en su honor lo más hermoso que le naciera ese año. Cuando hizo la promesa a la diosa Agamenón pensaba que lo más hermoso sería una oveja o res de sus extensos rebaños, pero fue una preciosa niña, a quien él y su esposa, Clitemnestra, llamaron Ifigenia.
Agamenón no quiso sacrificar a Ifigenia, sino que la sustituyó con una oveja. Pero el incumplimiento de la promesa irritó a Atenea, quien por eso detuvo los vientos en Áulide. Preguntó Agamenón al viejo Calcantes a qué se debía ese fenómeno y el sabio adivino le dijo que los vientos soplarían solo hasta que Ifigenia fuese sacrificada.
Pasó mucho tiempo para que Agamenón acatara la voluntad de Atenea. Entre tanto, las naves permanecían varadas y ociosos los expedicionarios. Muchos querían volver a sus hogares, pero no había viento para viajar a ninguna parte.
Órnito, príncipe de una pequeña ciudad de la Acadia, decidió marcharse aunque fuese a pie. Pero Atenea no quería que nadie se fuera de Áulide, de manera que tomó la forma de un hombre y se apareció en el camino frente a Órnito, para convencerlo de que se regresara. Y fue tanta la insistencia de la diosa disfrazada de hombre, que quiso obligarlo por la fuerza, pero Órnito desenvainó su espada y la hirió en una pierna.
Cuando Órnito llegó por fin a su hogar se encontró con que la ciudad era asolada por una peste y una hambruna. Ante esa situación, Órnito envió un mensajero a Dodona para que, en el gran templo consagrado a Zeus y Dione, consultara al oráculo acerca de qué se debía hacer para poner fin a la peste y la hambruna. “Dile a Órnito que debe erigir un gran templo en honor de Atenea, para agradarla y que lo perdone por la herida que le causó en una pierna”, dijo el oráculo al mensajero.
Órnito entendió el mensaje, construyó un hermoso templo, colocó allí una gran estatua de Atenea y puso una venda púrpura en una de sus piernas, para cubrir la herida que había causado a la diosa en el camino. Y entonces todo volvió a la normalidad.
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