En la última cena, el Señor Jesucristo sabe que está a punto de cumplir su misión en la tierra, y que pronto debe ir al Padre, pero antes, emite un mensaje esperanzador a sus seguidores: “Y yo le pediré a mi Padre, y Él les dará otro abogado y defensor, quien estará con ustedes para siempre”. (Juan 14: 16-17).
Jesucristo sabía que sus seguidores no podían quedar solos, y por su inmensa misericordia y amor hacia la humanidad, promete no abandonar a todo aquel que lo reconoce como su Señor. El Hijo le pedirá a su Padre que nos entregue su Espíritu Santo para que en Él encontremos consuelo.
Cristo alienta a sus seguidores y enfatiza el beneficio de su partida y de la venida de su Espíritu Santo: “En realidad, es mejor para ustedes que me vaya porque, si no me fuera, el abogado defensor no vendría. En cambio, si me voy, entonces se lo enviaré a ustedes; y cuando él venga, convencerá al mundo del pecado y de la justicia de Dios y del juicio que viene”. (Juan 16: 7,8).
Después de ese último encuentro con sus discípulos, Jesús sabe que ha llegado la hora de vivir su pasión, el motivo por el cual vino al mundo. Murió en una cruz por nuestros pecados, pero al tercer día venció a la muerte con su resurrección. Nos compró con su sangre y ahora todo el que cree en Él, vivirá para siempre.
Cincuenta días después de la Pascua de la Resurrección, mientras se encontraban reunidos sus discípulos, Jesucristo cumple su promesa. Había llegado el día de Pentecostés, que quiere decir, el día quincuagésimo, el día que el Espíritu Santo se posará por primera vez sobre los discípulos.
El día de Pentecostés, todos los creyentes estaban reunidos en un mismo lugar. De repente, se oyó un ruido desde el cielo parecido al estruendo de un viento fuerte e impetuoso que llenó la casa donde estaban sentados. Luego, algo parecido a unas llamas o lenguas de fuego aparecieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos los presentes fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas, conforme el Espíritu Santo les daba esa capacidad. Hch. 2:1-4.
Los cristianos desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es Dios, es la tercera persona de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo vemos en 1ra de Corintios 2:10: “Pero fue a nosotros a quienes Dios reveló esas cosas por medio de su Espíritu. Pues su Espíritu investiga todo a fondo y nos muestra los secretos profundos de Dios. Nadie puede conocer los pensamientos de una persona excepto el propio espíritu de esa persona y nadie puede conocer los pensamientos de Dios excepto el propio Espíritu de Dios”.
El Espíritu Santo es una persona espiritual, con un obrar, carisma y carácter particular, quien desde hace más de dos mil años hasta ahora, sigue descendiendo sobre quienes creemos que Cristo vino, murió y resucitó por nosotros; sobre quienes sabemos que somos parte y continuación de aquella pequeña comunidad ahora extendida por tantos lugares; sobre quienes sabemos que somos responsables de seguir extendiendo su Reino de Amor, Justicia, Verdad y Paz, entre los hombres. El autor es Presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo.
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