CIUDAD DEL VATICANO/AFP
Miles de personas se congregaron ayer desde temprano en la plaza de San Pedro, con la mochila al hombro, el sombrero en las manos, y juguetes y biberones con los que entretener a los niños, para poder participar en la primera ceremonia de canonización realizada por el papa Francisco.
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Habían numerosos devotos de Laura Montoya Upegui, la primera santa de Colombia, fundadora de la Congregación de las Hermanas Misioneras de la Beata Virgen Inmaculada y de Santa Catalina de Siena, que se ocupó de la evangelización de indígenas y marginados. También los había de la mexicana María Guadalupe García Zavala, fundadora de la Congregación de las Siervas de Santa Margarita María de los Pobres, dedicada a curar a los enfermos particularmente necesitados.
Maria del Pilar Rosales Gómez, de Guadalajara, contó que la Madre Lupita le concedió un milagro. “Le pedí por un nietecito que nació malito, hace 14 años, y gracias a ella mi nieto vive. Yo quería venir, quería venir y mi hijo me hizo el favor de mandarme”, aseguró.
En la plaza de San Pedro, algunas madres jóvenes con bebés se habían sentado al borde de los pasillos creados por la seguridad, esperando que el papa pasara en el papamóvil al finalizar la ceremonia, y pasarle al bebé para que lo besara como ha hecho con otros niños en las audiencias públicas en la plaza.
Una de ellas, la colombiana Mary Alfonso, con un bebé de pocos meses, José Francisco, le daba de comer mientras esperaba. “Ojalá que esta santa pueda dar nuevas esperanzas a mi país”, comentó.
La hermana Blanca Pérez Ortiz pertenece a la Congregación de las Misioneras de la Madre Laura. “Lo más importante de la Madre Laura fue su entrega total a Dios y la pedagogía del amor, con los indígenas, con los pobres”, explicó.
“Esto puede ser un ejemplo para Colombia porque la guerra, la violencia, es ausencia de amor. Si todos nos propusiéramos amar, hacer el bien, si ponemos junto todo ese bien, Colombia se transformaría”, concluyó.
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