Editorial: No es un híbrido, es una dictadura
El martes de esta semana arrancó oficialmente la campaña electoral presidencial en Venezuela, que legalmente debe durar diez días pero comenzó de hecho desde el 5 de marzo pasado, cuando se reconoció la muerte del hasta entonces dictador venezolano, Hugo Chávez.
Los candidatos inscritos para participar en la elección del 14 de abril corriente son siete, de los cuales dos son mujeres. Pero cinco de ellos son “candidatos de zacate”, como se les llamaba en Nicaragua a los falsos candidatos presidenciales que se prestaban a participar en las farsas electorales del somocismo, para ayudarle a simular que había competencia política. De manera que los candidatos únicos y verdaderos son el chavista y actual presidente encargado de Venezuela, Nicolás Maduro, y el líder opositor democrático y gobernador del Estado de Miranda, Henrique Capriles.
Según las encuestas que se hicieron poco antes del arranque oficial de la campaña presidencial, Maduro debe ganar con una ventaja de entre 11 y 20 puntos porcentuales sobre Capriles. Algo que parece insólito, considerando que Venezuela está sumida en una crisis económica total, causada precisamente por las políticas irresponsables del régimen chavista, las mismas que Maduro ofrece continuar.
Esta irracionalidad política de la mayoría del electorado venezolano se explica por el asistencialismo gubernamental prodigado generosamente a los sectores más pobres de Venezuela, que son mayoritarios, y por el alucinante culto a la personalidad de Hugo Chávez que ha sido acrecentado después de su muerte. Además, muchos venezolanos tienen la convicción de que la camarilla que gobierna en Venezuela, sin consideraciones legales ni escrúpulos morales de ninguna clase, no entregará el poder por una votación electoral.
Por otra parte, aunque Capriles ha pedido confiar en el Consejo Nacional Electoral, este se encuentra integrado por militantes y simpatizantes chavistas y no existe ninguna garantía de que reconozca un eventual triunfo opositor en las urnas de votación. Y aun en el caso de que lo reconociera, el chavismo tiene tanta vocación de violencia y fuerza social, pero tan pocos miramientos democráticos y legales, que seguramente no dejaría gobernar a la alianza democrática.
De todas maneras, aunque parezca paradójico, a la oposición venezolana no le conviene, por ahora, ganar las elecciones y hacerse cargo del Gobierno. Como dijo el mismo Henrique Capriles cuando reconoció su derrota electoral ante Chávez, en octubre del año pasado, “el tiempo de Dios es perfecto y el tiempo de Dios ya llegará”. Esto significa que la crisis de Venezuela es tan grave y total que solamente la puede resolver una revolución democrática, pero esta requiere de un inmenso y sólido respaldo popular que en la actualidad es imposible conseguir.
Como escribió Danilo Arbilla en su artículo publicado ayer en LA PRENSA, en Venezuela hay quienes piensan que por ahora lo mejor “es dejar que el chavismo, con sus mitos, santos y mentiras, se hunda, única forma de borrarlo totalmente y poder llevar adelante el cambio que Venezuela reclama”. Es una tesis razonable. Maduro no podrá resolver la profunda crisis venezolana, más bien la va a agudizar. Entonces, las mismas masas que ahora apoyan a ese régimen anacrónico e inviable que es el chavismo, se voltearán y darán al traste con él. Como ocurrió en Nicaragua, cuando las masas que habían apoyado al sandinismo le dieron la espalda en 1990 y lo derrocaron con el voto popular.
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