Hoy es la solemne entronización de Francisco, el primer papa jesuita, argentino y latinoamericano, y el primero no europeo desde que el sirio San Gregorio III fue papa del 731 al 741.
Para estar presentes en la consagración del papa Francisco han acudido al Vaticano muchos gobernantes, en primer lugar la presidente de Argentina, Cristina Kirchner, connacional del nuevo papa con quien ha tenido relaciones no precisamente cordiales por contradicciones de algunas políticas gubernamentales con la doctrina de la Iglesia católica. De allí la frialdad de la presidenta Kirchner en su primera reacción a la elección del cardenal Jorge Bergoglio como nuevo papa de la Iglesia católica; y que de inmediato, en un periódico muy cercano a la gobernante argentina, se desatara una campaña difamatoria contra el papa Francisco, acusándolo falsamente de haber colaborado con la represión de la dictadura militar argentina de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado.
A pesar de eso, la presidenta Kirchner ha sido distinguida con el honor de ser el primer jefe de Estado que recibe el papa Francisco, obviamente porque ella es la gobernante de su país natal pero también como un gesto de buena voluntad y reconciliación del máximo líder de la Iglesia católica romana. Gesto al cual la primera mandataria argentina ha reaccionado positivamente, a juzgar por sus declaraciones posteriores a la audiencia con el papa. De manera que ahora cabe esperar que los medios de comunicación afines al Gobierno de Argentina, cesen la campaña de infundios contra el papa Francisco, que al fin y al cabo rebotan contra ella porque la inocencia del excardenal Bergoglio está claramente demostrada.
En lo que se refiere a Nicaragua, el presidente inconstitucional Daniel Ortega se abstuvo por motivos desconocidos de ir a la ceremonia de consagración del papa Francisco, y envió en su lugar al militar en retiro que es su vicepresidente. De los presidentes de Centroamérica, solo Ortega y el salvadoreño Mauricio Funes no han sido testigos de esta histórica entronización papal.
De todos modos está bien que aunque sea a nivel vicepresidencial, el Gobierno de Nicaragua se haya hecho representar oficialmente en la investidura papal de Francisco. Pero eso no es suficiente para demostrar el respeto que merece la Iglesia católica, la cual es representada por el papa en Roma pero también por sus pastores y feligreses de Nicaragua. Precisamente el fin de semana recién pasado, durante la celebración de las bodas de plata episcopales de monseñor Leopoldo Brenes y monseñor Abelardo Mata, los obispos de la Iglesia católica de Nicaragua le solicitaron una vez más al gobierno de Daniel Ortega, que deje de manipular la religión y los símbolos religiosos con fines políticos gubernamentales y partidistas. Una demanda que es muy justa, porque cuando se manosean las fiestas religiosas, las palabras religiosas, los símbolos religiosos, se ofende a la Iglesia católica de Nicaragua, a sus pastores y a sus feligreses, pero también se ultraja a la Iglesia de Roma y al Vicario de Cristo que es el papa.
Si de verdad el gobierno de Daniel Ortega quiere demostrar respeto al papa Francisco, lo primero que debe hacer es respetar a la Iglesia católica de Nicaragua.
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