Ciudad del Vaticano/EFE
Benedicto XVI siempre coincidió con Juan Pablo II sobre América Latina, donde vive la mitad de los casi 1,200 millones de católicos del mundo, al considerarla el territorio de la esperanza.
En su visita a Aparecida (Brasil), en 2007, para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Celam), el papa Ratzinger consideró “urgente” una nueva evangelización del territorio para afrontar la disminución del número de católicos, el avance de “secularismo hedonista” y la penetración de las sectas. La conferencia de Aparecida puso en marcha esa nueva evangelización 500 años después de la llegada del cristianismo al continente.
El papa aseguró, a finales de 2012, en el congreso Ecclesia in América, en el Vaticano, que América Latina sigue sufriendo “dolorosas situaciones” de emigración y desigualdades y donde no han desaparecido las bolsas de pobreza.
“¿Cómo no preocuparse por las dolorosas situaciones de emigración, desarraigo o violencia, especialmente las causadas por la delincuencia organizada, el narcotráfico, la corrupción o el comercio de armamentos?”, se preguntó en aquella ocasión el papa.
Benedicto XVI aseguró que es “urgente” la educación y promoción de una cultura en favor de la vida “ante la difusión de una mentalidad que atenta contra la dignidad de la persona y no favorece ni tutela la institución matrimonial y familiar”.
En Aparecida, Benedicto XVI aseguró que la Evangelización de América “no supuso en ningún momento una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña” y expresó su preocupación por el resurgimiento de gobiernos autoritarios en el continente, lo que levantó las críticas de algunos sectores en la región.
A su regreso al Vaticano, dijo que el cristianismo se abrió camino en América Latina “dialogando” con las culturas precolombinas y que la “gloriosa” evangelización no puede olvidar “los sufrimientos y las injusticias infligidas por los colonizadores a las poblaciones indígenas”.