Con frecuencia se cita la advertencia del filósofo hispano-estadounidense, George Santayana, acerca de que “los que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Esta frase se repite a menudo, porque es cierta. El ser humano tiende a olvidar el pasado y a repetir los errores, de lo cual se deriva el también famoso proverbio de que el hombre es el único animal que tropieza dos (y más) veces con la misma piedra.
Es el caso, por ejemplo, de la agria discusión política acerca de que si era correcto o no que la oposición asumiera los cargos de diputados que le asignó el Consejo Supremo Electoral, después de las elecciones fraudulentas de noviembre de 2011. La misma controversia se ha planteado con respecto a los concejales de la oposición, después de las elecciones municipales también fraudulentas de noviembre pasado. Y se discute al mismo tiempo sobre la eventualidad de negociar con el oficialismo el nombramiento de los altos cargos del Estado pendientes de elegir en la Asamblea Nacional. Según algunos, la negociación es indispensable para procurar cambios en los poderes del Estado, ante todo en el Consejo Supremo Electoral, pero para otros sería vulgar pactismo con el fin de conseguir prebendas en el Estado.
En 1967, en tiempos de la dictadura somocista, una situación igual o muy parecida se planteó después de las elecciones fraudulentas del 5 de febrero de ese año. Todavía estaba fresca la sangre de los mártires del 22 de enero y a pesar de que se sabía que las votaciones serían una farsa, la Unión Nacional Opositora (UNO) decidió participar en ellas y la dictadura le asignó un tercio de los escaños en la Cámara de Diputados y el Senado, tal como lo mandaba la Constitución de aquel tiempo.
Se suscitó entonces la discusión entre quienes sostenían que era lícito y necesario ocupar los escaños y los que alegaban que eso sería una actitud política inmoral, zancudismo o curulerismo. El doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal intervino en aquel debate público con un editorial de LA PRENSA titulado “Los Curuleros Liberales”, publicado el 1 de abril de 1967, en el cual precisó que “el término zancudo o curulero, se ha aplicado en Nicaragua, a quien sin haber sido efectivamente electo por el pueblo, ocupa una curul en el Congreso”. Aclaró el doctor Chamorro Cardenal, que “los diputados y senadores de la Oposición no pueden ser llamados curuleros ni zancudos, porque fueron legítimamente electos por el pueblo en las elecciones del 5 de febrero”. Y señaló que los curuleros y zancudos eran los diputados y senadores somocistas que no habían sido electos por el pueblo, sino impuestos por el fraude del 5 de febrero.
Lo del doctor Chamorro Cardenal era una posición de principios y de inteligencia política. Él no tenía interés personal en el asunto, pues no quiso aceptar ninguna candidatura a pesar de que era el coordinador de la UNO. Y cabe recordar que aquellos parlamentarios de la oposición (conservadores, liberales independientes y socialcristianos), desempeñaron sus funciones honrosamente, sin claudicar ante la dictadura y manteniendo en alto la bandera de la lucha por la democracia y la libertad.
Muy diferente es que la oposición se rebaje a pactar con el gobierno para obtener como prebenda lo que por derecho le corresponde. Pero este es otro tema.
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