Elízabeth Romero
Después de casi diez meses de haber sido reportado por sus familiares como desaparecido, el campesino L.R.R.E., de 42 años, aseguró que durante este tiempo permaneció supuestamente en una finca en territorio mexicano, donde realizó trabajos forzados para narcotraficantes y de donde fue liberado tras pagar por su libertad.
“La situación es escalofriante cuando países vecinos como Honduras, Guatemala y México vienen a nuestras tierras a contratar ciudadanos nicaragüenses para operar en estos países, bien remunerados y hacer pasadas de cuentas hasta en nuestro propio país, sea por vendetas de bandas criminales organizadas, por narcotráficos”, dice la ANPDH en el informe en el que revela que muchas veces los nicaragüenses empiezan emigrando y caen en manos de Los Zetas mexicanos, por ejemplo.
En su informe anual señala que muchas veces los nicaragüenses reclutados regresan muertos y otros permanecen en cárceles mexicanas, como es el caso de José Santos Rodríguez, alias “Cascabel”, capturado en una balacera en Tamaulipas y procesado en México; actualmente está preso en una cárcel de máxima seguridad. La ANPDH recuerda además que en el último semestre del 2011, en Somoto, Madriz, fueron procesados varios reclutadores de sicarios para Los Zetas, quienes fueron acusados por crimen organizado, trata de personas con fines de esclavitud y explotación sexual. En ese caso se contabilizan más de veinte víctimas. A estos los reclutaban, los trasladaban y los entrenaban en México, donde les pagaban hasta cinco mil dólares.
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El hombre, que recurrió a la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH), relató que en febrero pasado fue secuestrado por cuatro hombres armados enmascarados, con vestimenta militar y acento extranjero, cuando él iba a su parcela de café.
Los desconocidos se hicieron pasar ante el campesino como policías. “Ellos me dijeron que yo era el famoso jefe de una banda de rearmados, que le fuera a entregar un armamento que yo tenía. Les dije que esa acusación no era cierta, que mi arma era la Biblia”, relató ante la ANPDH.
“Comenzaron a golpearme diciendo que yo no les estaba diciendo la verdad. Me amarraron las manos para atrás y me comenzaron a sacar de allí, de mi lugar, me condujeron en un vehículo y me sacaron de Jalapa. Luego me llevaron a una casa sola que había por allí”.
Desde allí, asegura, fue conducido junto con otros dos nicaragüenses durante unos 14 días por sitios desconocidos, muchas veces por lugares lejanos y montañosos, parte en vehículo, o en botes y parte a pie, amarrado y con los ojos vendados. Se alimentaban de lo que encontraban por donde pasaban.
Aún temeroso, el denunciante comentó ante el director ejecutivo de la ANPDH, Roberto Petray, que cuando fue dejado en libertad “ellos (los delincuentes) me dijeron que no querían oír decir ningún detalle, que yo andaba diciendo que estuve en manos de ellos”.
Y aunque acepta que tampoco sabe quiénes eran sus captores, prefirió poner su historia en conocimiento de las autoridades policiales para aclarar su situación, sobre todo porque cuando fue secuestrado en su billetera, además de 20,050 córdobas que guardaba para el pago de “unos mozos”, también portaba documentos como un carné de productor y su cédula de identidad, todo eso se lo quitaron. Petray dijo que la ANPDH le brindaría acompañamiento para que este se presentara ante las autoridades policiales.
El hombre relató a LA PRENSA que aunque inicialmente sus captores le exigían “sesenta mil pesos”, después le rebajaron hasta llegar a “15 mil pesos”, que un productor amigo suyo envió desde Nicaragua. A él lo obligaban a hacer llamadas telefónicas para exigir dinero.
Recordó que en el trayecto fueron plagiadas otras dos personas cuya nacionalidad no conoció. Aseguró que entre febrero y septiembre pasado, que lo dejaron en libertad, lo obligaban a laborar desde las 4:00 a.m. hasta las 6:00 p.m., en una finca donde había cultivos de frijol, maíz y marihuana, y que estaba vigilada por hombres armados.
Según dijo, les entregaban los machetes cada día que iban a laborar y luego se los quitaban. Y cuando llegaban extraños, que eran compradores de droga, les vendaban los ojos, pero escucharon en varias ocasiones cuando hacían las transacciones de droga.
“Mi regreso fue por la misericordia de Dios; yo venía desorientado y vine a conocer que estaba ya en mi territorio hasta que había ingresado a un lugar que le dicen El Tablazo”, comentó el afectado.
Señaló que cuando los dejaron en libertad solo se toparon con montañas, “no conocíamos camino, fuimos a salir a Guatemala”. Menciona que en el trayecto cruzó “un río grande”, que podría ser el San Pedro, en El Naranjo, utilizado muchas veces por los centroamericanos migrantes.
El denunciante afirmó que caminaron desde el 7 septiembre hasta el 29 de octubre cuando comprobó que estaba en tierras nicas. En noviembre permaneció en un lugar de Wiwilí, pues llegaba demacrado, golpeado y los pies en llagas de tanto caminar y fue hasta después que se comunicó con su familia.
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