Tal como se esperaba, la Asamblea General de la ONU reconoció el jueves de esta semana, por mayoría de 138 votos contra 9, y 41 abstenciones, a la Autoridad Nacional Palestina como Estado no miembro observador de esa organización mundial. Los 9 votos en contra de la decisión de la ONU fueron encabezados por Estados Unidos y sin duda que el resultado de esta votación ha sido un reflejo de la nueva correlación de fuerzas e influencias políticas en el mundo.
Conforme a estricto derecho y a simple vista, no debería significar ningún problema que Palestina sea reconocida como Estado observador por las Naciones Unidas, con igual estatus que tiene el Vaticano. De hecho Palestina debió haberse constituido como Estado independiente desde 1948, después que en noviembre de 1947 la misma ONU decidió que en el antiguo territorio palestino, que entonces era un protectorado británico y en el cual se estableció y existió el ancestral estado de Israel (Eret Yisrael), debían existir y coexistir pacíficamente dos estados distintos, uno árabe y el otro israelí.
Sin embargo los gobiernos de los países árabes se opusieron férreamente a aquella justa y equilibrada decisión de las Naciones Unidas, alegando que el pueblo de Israel no tenía derecho a formar un Estado propio, ni siquiera a existir como nación, y aseguraron que iban a arrojar al mar hasta al último de los judíos.
Los gobiernos árabes no solo amenazaron sino que pusieron manos a la obra y declararon la guerra a Israel, apenas se constituyó como Estado independiente en mayo de 1948. Pero los árabes fueron derrotados y el Estado de Israel extendió sus fronteras más allá de los límites fijados por la ONU; situación que se amplió aún más en 1967, después que los árabes volvieron a lanzarse contra Israel para liquidarlo como Estado y como nación, pero de nuevo fueron vencidos por el aguerrido y porfiado pueblo israelí.
Ahora que pueden tomar sus propias decisiones y no son los gobernantes árabes quienes deciden por ellos, los palestinos quieren constituir su propio Estado y sin duda que tienen derecho a ello. Pero también tienen la obligación de reconocer el derecho de los israelíes a existir como pueblo y como Estado, y admitir que la realidad política y territorial de Israel cambió desde 1948, cuando los gobiernos árabes no quisieron que Palestina se constituyera como Estado porque no querían reconocer el derecho del pueblo judío a su propia estatalidad.
En este contexto, la resolución aprobada el jueves pasado por la ONU podría ser positiva, si se tomara como punto de partida para una negociación que conduzca a lograr la coexistencia pacífica de los dos Estados sobre bases realistas y pragmáticas; o podría ser una caja de pandora, si los palestinos extremistas con el apoyo de sus poderosos aliados pretenden usarla contra el Estado y el pueblo de Israel. Porque este, como lo ha demostrado a lo largo de más de cuatro mil años, desde los tiempos del patriarca Abraham, no va a aceptar que lo avasallen y mucho menos que lo pretendan aniquilar.
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