Muchas personas hoy en día están prediciendo el desplazamiento de Estados Unidos como la primera economía mundial en el corto o mediano plazo. En internet abundan los artículos, y de medios de comunicación respetables citando estudios de organizaciones serias que aseguran que Estados Unidos perderá la primacía económica en cualquier momento entre el 2016 y el 2035.
Según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que reúne a los países más desarrollados del planeta y que fue divulgado por la agencia EFE el pasado 9 de noviembre: “El Producto Interior Bruto (PIB) de China fue en 2011 un 17 por ciento del total mundial, porcentaje equivalente al de la eurozona pero todavía inferior al 23 por ciento de los Estados Unidos, recordó la OCDE”.
“Pero el PIB del gigante asiático pasará a suponer el 28 por ciento en 2030, cuando los de los otros dos bloques habrán quedado reducidos al 12 por ciento y al 18 por ciento respectivamente, indicó la OCDE en sus nuevas previsiones para dentro de 50 años”.
Por otro lado, la semana pasada el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, “tuiteó” un reportaje especial de la revista Foreing Policy, en la que daba un ranking de las 75 ciudades más dinámicas para el 2025. De las primeras diez, seis son ciudades chinas, la primera a nivel mundial es Shanghai, que en 2010 tenía un Producto Interno Bruto (como ciudad) de 250 mil millones de dólares; para el 2025 su PIB habrá crecido casi 350 por ciento hasta 1.1 millones de millones de dólares. La única ciudad estadounidense entre las primeras 10 en Nueva York y figura en el puesto número siete con un PIB en el 2010 de 1.1 millones de millones de dólares, pero para el 2025 habrá crecido solo un 32 por ciento para alcanzar un 1.5 millones de millones de dólares.
Sin embargo, muchos economistas y respetados historiadores consideran que el crecimiento de China no es sostenible en el largo plazo simplemente porque el sistema autoritario de un solo partido y una economía que ha sido llamada capitalismo leninista, donde se irrespetan los derechos más elementales, no tienen la capacidad de crecer de manera sostenible como lo hacen, aun con tropiezos, sociedades abiertas donde se respeta el Estado de Derecho y la libertad individual.
Para muchos, el éxito chino, que a fuerza de trabajo casi esclavizado de millones de sus ciudadanos en efecto está sacando de la pobreza e integrando a la clase media a un amplio porcentaje de sus habitantes, tiene en sí mismo su fracaso. Es inevitable, señalan, que una vez que una masa crítica de la inmensa población china alcance la clase media, o sea alcance a disfrutar de beneficios económicos, el siguiente paso es que esos individuos empiecen a exigir sus derechos políticos y será en ese momento que se verá si los líderes del Partido Comunista tendrán la suficiente visión para dar la apertura política o si por el contrario repetirán el amargo episodio de la Plaza Tiananmen de 1989.
El historiador escocés Niall Ferguson, autor del libro Civilización, dice en una entrevista a la revista Letras Libres edición de octubre: “El mayor reto de China es subordinar al partido al Estado de Derecho… ¿puede hacerlo?, ¿puede el partido abandonar la corrupción o el derecho a expropiar los elementos que engrasan las ruedas de la política china? (…) Si China entiende esto y se extiende el imperio de la ley no hay límite para lo que pueda conseguir. Si no lo entiende y sigue siendo un Estado de partido único corrupto, probablemente topará con su techo pronto”.
Algo parecido, guardando las distancias, a lo que podría pasar aquí.