Según encuestadores y analistas de la opinión pública en Nicaragua, el elevado índice de satisfacción popular con el régimen de Daniel Ortega que se refleja consistentemente en las últimas encuestas; y la creencia pública mayoritaria de que el actual gobierno es democrático, se deben a que en general los nicaragüenses tienen una percepción limitada del contenido y la significación de la democracia.
Aseguran esos analistas que en las encuestas se advierte no solo el cansancio político de la población y la pérdida de credibilidad de la oposición, sino también la bonanza económica que aparentemente hay actualmente en el país y el impacto de los programas sociales que el gobierno de Ortega llama “restitución de derechos” del pueblo. Y explican que a pesar de que según las mismas encuestas, solo el diez por ciento de la población se beneficia con los programas sociales del Gobierno, muchas personas más que no obtienen ningún provecho tienen la esperanza de que lo podrán conseguir en el corto plazo.
Pero lo principal, según los encuestadores, es que la magnífica valoración de Ortega en las encuestas se debe a que los nicaragüenses promedio no asocian la democracia con valores abstractos como Estado de Derecho, institucionalidad, respeto a la Constitución y la Ley, separación y balance de los poderes del Estado, justicia independiente de la política, control institucional y social del Gobierno, transparencia gubernamental, etc. O sea que para el nicaragüense común, la democracia es algo más tangible o cercano a su realidad material, como la libertad de vender y comprar aunque no siempre se tenga dinero para hacerlo, la posibilidad de movilizarse libremente, llevar los productos al mercado sin que nadie los decomise, y recibir beneficios sociales del Estado.
Eso es lo que explica que en las encuestas la mayoría se declare a favor del gobierno de Daniel Ortega y considere a la primera dama como uno de los personajes con mayor aceptación en el país, pero al mismo tiempo y también en forma mayoritaria los encuestados declaren su prefierencia por el sistema económico capitalista que existe en Nicaragua desde 1990, y que quieren la democracia y no el denominado socialismo del siglo XXI.
Suponiendo que esas encuestas son limpias y que tal interpretación de sus resultados es correcta, habría que agregar que no solo el nicaragüense promedio piensa de tal manera. También los sectores empresariales y adinerados del país demuestran, con su actitud ante el gobierno de Daniel Ortega, que para ellos lo más importante es que haya posibilidad de hacer negocios, lo demás podrá llegar después por añadidura.
En realidad, es necesario reconocer que en la sociedad nicaragüense no hay todavía una conciencia clara, extendida y arraigada, de lo que es y significa integralmente la democracia. La vida democrática en el país ha sido muy breve, insuficiente para enraizar los valores esenciales de la democracia republicana. Esta es una tarea que sigue pendiente de cumplir.
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