Los filósofos y otros científicos sociales enriquecen de vez en cuando el lenguaje político, con nuevos conceptos que a veces se refieren a las mismas situaciones históricas y a la contradicción y la lucha, al parecer interminable, entre opresión y libertad y entre dictadura y democracia.
Entre esas innovaciones está la que plantea que el mundo está dividido ahora en sociedades humillantes y decentes. Según este criterio, la sociedad humillante es aquella donde los gobernantes humillan al pueblo al robarse el dinero público que pagan todos los ciudadanos con sus impuestos; al impedir o limitar el ejercicio de los derechos individuales y restringir las libertades públicas; al quitarle su autonomía a las personas que someten con programas asistencialistas que ultrajan la dignidad personal y extienden la pobreza, en vez de reducirla; al manejar los programas de empleo como dádivas gubernamentales y no como derecho y oportunidad para ganarse la vida honradamente; al violentar la voluntad de los ciudadanos con comicios fraudulentos montados por organismos electorales corruptos, etc.
La sociedad decente, por el contrario, es donde la autoridad gubernamental se ejerce con profesionalismo, como una administración de los intereses de todas las personas y no como botín de los miembros de la familia y el partido político del gobernante; donde se respetan los derechos y las libertades de los ciudadanos; donde las supremas autoridades son renovadas periódicamente por medio de elecciones justas y limpias, y donde nadie, ni siquiera el gobernante, se coloca por encima de la ley.
Cabe mencionar que el creador de este concepto es el filósofo y escritor político israelí Avishai Margalit, antiguo profesor de Estudios Avanzados en la Universidad de Princeton, quien resume su tesis señalando que una sociedad decente, a la que también llama sociedad civilizada, sencillamente “es aquella cuyas autoridades no humillan a las personas sujetas a su autoridad y cuyos ciudadanos no se humillan unos a otros”. O sea que la sociedad decente y civilizada es básicamente la misma que llamamos libre y democrática, por la cual tanto se ha luchado en Nicaragua, y por la que seguimos luchando ahora pues a pesar de que la conquistamos en 1990, luego de derrotar consecutivamente a las dictaduras somocista y sandinista, la perdimos en 2006 por culpa del pactismo corrupto y la división del voto democrático.es aquella cuyas autoridades no humillan a las personas sujetas a su autoridad y cuyos ciudadanos no se humillan unos a otros
Por eso vivimos actualmente en una sociedad humillante, donde la mayoría de las personas tienen que simular y esconder sus opiniones políticas para poder obtener o conservar un trabajo, para hacer negocios y hasta para obtener una beca escolar; donde las instituciones estatales han sido puestas al servicio de un partido, de una familia y de un caudillo; donde la justicia no es independiente ni legítima; donde no se respeta el voto de los ciudadanos y ocurren tantas otras tropelías que resulta imposible enumerarlas en este espacio.
Y la sociedad decente es la república democrática por la que luchó el Héroe Nacional Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, la cual otra vez está por conquistar.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A