En los países que son dominados por gobiernos autoritarios, los economistas oficialistas manejan los datos oficiales como los magos de circo, que con una facilidad asombrosa cambian una cosa por otra ante los ojos sorprendidos de los espectadores. Tan hábiles son esos magos que la gente termina creyendo que es verdad todo lo que hacen.
Algo de eso ocurrió la semana pasada en Nicaragua, cuando altos funcionarios del Banco Central, con cifras en las manos, informaron que de repente el Producto Interno Bruto (PIB) del país (o sea el valor monetario de la producción total de bienes y servicios), es 30 por ciento mayor que lo que los mismos funcionarios nos habían dicho y hecho creer anteriormente, también con datos en mano. Pero además, por ese mágico cambio de información, ahora supuestamente cada nicaragüense tiene un ingreso anual de 1,582 dólares, o sea 323 dólares más de los que creíamos recibir, pues nos habían dicho que nuestro ingreso promedio anual era solo de 1,239 dólares.
Tanta dicha no se podía esperar. Sin que lo supiéramos y aunque no lo queramos creer, somos todos los nicaragüenses los que nos estamos haciendo ricos, no solo la familia gobernante, la alta burocracia estatal y del partido oficial, la nueva burguesía que medra alrededor de los proyectos Alba y los empresarios que hacen buenos negocios gracias a su entendimiento con el Gobierno.
La explicación que dieron los funcionarios sobre ese cambio sorprendente es que se había calculado mal la producción nacional y el ingreso per cápita de los nicaragüenses, pero ahora se han “actualizado las herramientas” para hacer las cuentas exactas, midiendo el aporte de todas las actividades productivas incluyendo la informal que bulle en los semáforos de Managua.
Hay que reconocer que las autoridades del Banco Central se cuidaron de decir que en realidad el monto de la producción y los ingresos de los nicaragüenses son los mismos, que solo se trata de un ajuste de las cifras porque ahora tienen un mejor Sistema de Cuentas Nacionales. Sin embargo, para conseguir un efecto político y propagandístico la información fue presentada como si fuese un incremento real de la producción del país y de la riqueza personal de cada uno de los nicaragüenses, y así lo divulgaron ciertos medios de comunicación.
Se dice que los políticos gobernantes tienen muchas formas de mentir y que la principal es el manejo de las cuentas públicas y las estadísticas. Esto es cierto, sobre todo en los países con regímenes autoritarios, como Nicaragua. Cabe mencionar al respecto que la prestigiosa revista The Economist declaró en un artículo publicado el 25 de febrero del año en curso, titulado No me mientas Argentina , que ya no utilizará los datos del Instituto de Estadísticas y Censos de ese país, porque están “cansados de respetar cifras que parecen ser un intento deliberado de engañar a los votantes y estafar a los inversores”.
Si eso ocurre en Argentina ¿qué podemos esperar de las estadísticas oficiales de Nicaragua con un sistema de gobierno tan oscuro como es el de Daniel Ortega?
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