Sin un proyecto histórico movilizador, las atribuciones prevalecen. No se puede calificar a Rubén Darío de “desarraigado”, después de sentir en su poesía las voces del terruño. Es la poesía hecha patria. A esto hay que agregar el discurso nacionalista de Sandino basado en el antimperialismo, el mestizaje y en la lengua como factor de unidad del pueblo hispanoamericano. Los dos, forjadores de nuestra identidad nacional, tan urgente en los movimientos independentistas y de intervención militar. Y más aún en estos tiempos sin utopía ni militancia, donde las marcas comerciales desplazan a las marcas identitarias, sin rubor y bajo nuestra autocomplacencia.
Para la gente del Gobierno, supongo, que la identidad nacional es algo así tan dócil y doméstica como la plastilina; es el alma y corazón del pueblo que se contempla en los bailes del Güegüense, en las fiestas patronales o en la artesanía de los pueblos brujos. Es el vía crucis de un pueblo expoliado que culmina su martirio en la pasividad y la obediencia voluntaria.
Para la industria cultural y turística es un atractivo negocio, donde se oferta al país en un tiangue de colores, olores, música, formas y pasiones ordenadas por la fatalidad de un pueblo que de tantas frustraciones, no experimenta una imagen de sentirse orgulloso de sí mismo.
La urgencia de identidad genera interrogantes: a) ¿Para qué poner en agenda el tema de la identidad nacional, si esto es un sueño o un insumo de la metafísica? b) Si el concepto es de naturaleza histórica, ¿cómo aplicarlo en el avance de la globalización y en la sociedad de consumo?
La nacionalidad, como hecho histórico, está determinada por la burocracia en el poder, por los pactos políticos y por los grupos económicos y religiosos. Luego, ¿de qué modo se han apropiado de la nación los otros sectores sociales, como los indígenas, la sociedad civil, los campesinos, los ancianos, etc.? ¿Dónde está el epicentro que le da sentido histórico a la expresión?
¿Es acaso la identidad nacional el paisaje, los recursos naturales, el gallopinto, el beisbol, la religión, la lengua, la poesía, las tradiciones, la artesanía, la chicha y el pinolillo, el chancho frito, la carreta nagua, las costumbres sexuales, los ritos cívicos? La expresión “soy pinolero”, ¿sola esa marca identitaria nos basta y sobra? Con tantas quejas en los callejos sin aparente salida, nuestra nueva marca identitaria es la frustración, la insatisfacción, la ira, la pobreza y la basura por todos lados.
Sobre este tema abundan las preguntas y faltan respuestas obligatorias. Por el momento podemos decir: si la identidad nacional existe es cosa de adaptarse y luchar por la sobrevivencia, sobre todo en una sociedad que no está preparada para el cambio y la modernidad.
a) Así como la idea de patria fue sustituida por la idea de nación, así la estabilidad sustituyó a la independencia, a fin de que todo el conjunto de jerarquías vivan en paz, alegría y armonía. Sin embargo, el país vive en eterna zozobra.
b) Se mantiene aquello de que Managua es Nicaragua, como producto de una normativa centralizada, de tal manera que todas las expresiones populares que se divulgan para todo el país por los medios de comunicación, se administran desde la capital con el propósito de construcción identitaria y para dar idea, en parte, de unidad, soberanía e independencia nacional.
El autor es escritor concheño.
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