Durante la selección de los candidatos a alcaldes y concejales para las elecciones municipales del 4 de noviembre, lo más predominante fueron las pugnas dentro de los partidos, las agrias disputas públicas y, en el caso del FSLN, hasta batallas callejeras en la disputa por conseguir las candidaturas.
Siempre que se acerca una elección de cargos públicos los partidos se agitan por el interés y la pasión de muchos de sus miembros, que quieren ser candidatos y ocupar los primeros lugares en las listas correspondientes. Eso es comprensible. Pero en muchos casos tal interés no obedece a que esos políticos tengan una gran vocación de servicio público, como ellos dicen, sino porque las necesidades económicas son muchas y muy pocas las oportunidades de hacer fortuna en el sector privado, de manera que se vuelve irresistible la ambición de asegurarse un sueldo en el Estado, aunque sea solo por un período determinado.
Además, en la política criolla sigue predominando el vicio político autoritario y caudillista, de nombrar desde arriba a los candidatos sin tomar en cuenta la opinión y las preferencias de las bases del partido y sus simpatizantes. Esto es lo que popularmente se conoce como el dedazo, el cual ha estado presente de nuevo y no solo en el oficialista FSLN, que es una maquinaria monolítica en la cual las decisiones se toman de manera vertical y sus miembros tienen que someterse a la voluntad del caudillo todopoderoso —y sobre todo de su mujer, hay que decir ahora—, sino también en el partido de oposición que reivindica el rescate de la democracia republicana y el Estado de Derecho.
Sin duda que la oposición no está pasando por un buen momento político, ante el avasallador exceso y abuso de poder de Daniel Ortega. Pero la oposición tampoco ha sido consecuente en sus formas de organización y actuaciones públicas, con los principios democráticos y los valores de libertad que declara en el discurso. De allí que no se vea a esta oposición como alternativa de poder en el corto plazo, ni se le podrá ver a mediano y largo tiempo, mientras sus líderes no actúen como verdaderos demócratas respetuosos de los sentimientos de los ciudadanos, comenzando por sus mismos seguidores, ni ofrezcan a la ciudadanía un programa atractivo pero creíble de mejoramiento económico y social, lo mismo que una realista y viable estrategia de lucha.
En estas circunstancias la oposición debería someterse a una rigurosa revisión autocrítica y reconocer que sus formas de organización, su mecanismo de toma de decisiones y de selección de candidatos a ocupar cargos públicos, e incluso su liderazgo, necesitan ser renovados democráticamente.
La oposición tiene que comprometerse a que en lo sucesivo todos sus candidatos serán escogidos en elecciones primarias, no designados por el dedazo de nadie, por muy encumbrado dirigente que sea o crea que es. Antes de reclamar su derecho a gobernar el país la oposición debería preguntarse si tiene méritos para hacerlo. Y tomar las medidas necesarias para merecerlo.
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