Me causó asombro leer hace poco un artículo de Ernesto Cardenal, en que repetía lo mismo que decía a los oídos embelesados de los revolucionarios del 79: que cristianismo y comunismo marxista son lo mismo, y que no se puede ser cristiano sin ser comunista.
Que lo dijera hace décadas podría tener de atenuante el romanticismo revolucionario de entonces, la inexperiencia juvenil, o el hecho que los países marxistas parecían sólidos. Pero proclamarlo hoy, después que el estrepitoso derrumbe del bloque socialista en 1989 hiciese más que manifiesto su fracaso, y su horrible legado de pobreza y opresión, es desconcertante.
Algunos, condescendientemente, sugerirán que se trata de un exceso “poético” —como si la poesía otorgara licencia para prescindir de la razón— o de un problema de edad. Pero lo triste es que es una manifestación más de lo fácil con que la irracionalidad puede rebrotar, como la mala hierba, y todavía encontrar eco.
A inicios de los noventa circuló el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano , (Montaner, Mendoza y Vargas Llosa) que destrozaba con agudeza los mitos irracionales de una izquierda marxista muy desacreditada. Pero al final de la siguiente década tuvieron que sacar El Regreso del Idiota . Hugo Chávez, ante el regocijo interesado de otros líderes proclamó como novedad el Socialismo del Siglo XXI, y se dedicó a repetir las prácticas socialistas causantes de la debacle: la “nacionalización” o estatización de empresas, las agresiones al sector privado, los controles de precios, etc. Si su sistema no ha colapsado todavía, es porque se sustenta exclusivamente en un manantial de petrodólares.
Más aún; con la solemnidad de quien regala una biblia de oro entregó a Obama el libro más emblemático de la idiotez intelectual: Las Venas Abiertas de América Latina , de Eduardo Galeano. Su tesis dorada se resume en culpar a las transnacionales y al capital americano de ser los principales causantes del subdesarrollo. Menos mal que los chinos no creyeron esta tontería y abrieron de par las puertas a la inversión extranjera. Así comenzaron a crecer vertiginosamente y a sacar de la pobreza a centenares de millones de sus ciudadanos.
¿Por qué tanto empecinamiento en no ver la verdad y aferrarse a fórmulas fallidas? No necesariamente por falta de inteligencia. Gente como Cardenal tiene talento poético y hombres como Chávez astucia política. Tampoco por falta de educación, como lo demostró la educada Alemania cuando endosó la locura de Hitler. El problema es que la inteligencia es un don maravilloso que puede desvirtuarse —como la sexualidad— cuando se la desconecta de su fin. Una persona puede usar su inteligencia para descubrir la verdad y abrir camino a ideales nobles, pero también para ocultar o disimular, con apariencia de racionalidad, motivos irracionales o bajos. La codicia, el odio, o la envidia, han inspirado muchas ideologías.
Detrás del atraso de América Latina, y de Nicaragua en particular, está el pecado de la irracionalidad en sus distintas manifestaciones: la incapacidad de aprender del pasado, la preferencia por el discurso emocional, y un superávit de propulsores de ideas absurdas y por eso dañinas.
Nos urge cultivar la razón que protege de la idiotez. Decía Michael Novak que “la primera de todas las obligaciones morales es pensar con claridad”. La instrucción y el diálogo ayudan pero no bastan. Hay que fomentar también las virtudes. El pensar recto exige objetividad, cualidad moral afín a la honestidad y autodominio. Cuando el señorío de la razón no domina al instinto, este termina convirtiéndola en su súbdita.
Está bien tener el corazón caliente, pero el timón ha de llevarlo una cabeza bien puesta.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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