Querida Nicaragua: Hace varios días tuve la oportunidad de atender a una pareja de amigos que vinieron de Guatemala. Mi mujer y yo les enseñamos algunas de las bellezas que tenemos. Comenzamos con el volcán Santiago, el asombroso cono hirviente donde en 1747 fray Blas del Castillo, creyendo que el fondo contenía oro, intentó bajar por medio de un cable, pero no pudo por el calor infernal del cráter. Fuimos a Masaya donde compraron objetos de artesanía, disfrutaron de un sabroso vaho y escucharon la música de las marimbas típicas. Compraron dos hamacas, varias jícaras, ceniceros de madera, etcétera.
Con cada cosa que veían, con cada paisaje que descubrían, decían ¡qué lindo país!.. ¡qué lindo país!
Y cuando conocieron Granada y las isletas y probaron el pescado frito granadino seguían repitiendo: ¡qué lindo país!
Y tenían razón. Nuestro país es lindo. Tiene preciosos paisajes, volcanes espectaculares, llanos de asombrosa belleza, lagos hermosísimos, lagunas por todas partes, ríos bellísimos, artesanía en abundancia.
Se asombraron en Catarina al ver el espectacular colorido de los objetos artesanales.
Tiene razón el turista. Dios nos ha dotado de bellezas naturales y de gentes laboriosas y creativas.
Pero no hemos sabido gobernarnos nunca. Hemos vivido en perpetuas guerras. Antes y después de la independencia, en 1821, hemos tenido perpetuas disputas partidarias y hemos perdido los más preciados dones como la tranquilidad y la paz.
Esas pugnas nos llevaron a la Guerra Nacional de 1854, que por poco nos deja convertidos en colonia de los Estados Unidos, cuando el filibustero Walker se apoderó del país y se hizo nombrar presidente de la República. Ese fue un momento histórico en que hicimos unidad, olvidamos los rencores y dejamos a un lado los intereses partidarios, para pensar en el destino de la Patria. Y no solo eso, tuvimos que pedir ayuda a nuestros hermanos centroamericanos para poder expulsar al filibustero invasor. Nos unimos y tuvimos éxito, un éxito que nos duró únicamente treinta años, los treinta años de los presidentes conservadores que la historia recuerda con orgullo.
Al rato volvimos a las andadas y en 1893 hicimos una revolución liberal, la del general José Santos Zelaya, quien se enamoró del poder y gobernó durante 16 años. Luego fuimos de tumbo en tumbo hasta llegar a Somoza García, que duró con su dinastía 45 largos años, para caer luego en las garras del totalitarismo comunista de los señores Ortega.
Somos un país lindo, ciertamente, pero nos hacen falta valores cívicos y políticos, poner el patriotismo por encima del partidarismo, la paz, el trabajo y el progreso para sacar de la pobreza a nuestro pueblo. Nos hace falta querer a nuestro país y querernos unos a otros. Ser verdaderamente solidarios para darnos nosotros mismos gobiernos respetables, democráticos y respetuosos de las leyes. Así darle a nuestro pueblo empleos dignos para que todos podamos ganar el sustento diario, educarnos y poco a poco salir de la pobreza. Lindo país tendríamos con todas nuestras bellezas naturales, nuestro arte, nuestra inspiración, agregándole los valores éticos del patriotismo, la solidaridad, el amor a nuestro pueblo y el deseo de su bienestar permanente. Así sí podríamos decir ¡qué lindo país tenemos!
El autor es director general de Radio Corporación.
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