Las divergencias de opinión sobre participar en las próximas elecciones municipales están siendo un ejemplo del espíritu democrático que anima a la oposición. El debate abierto es algo ausente en el sector gobernante, precisamente por estar manejado por un verticalismo que inhibe las voces disidentes. Bienvenida pues la discrepancia y este esfuerzo dialogal por encontrar cuál debe ser la posición de la estrategia opositora ante un dilema tan difícil.
Como lo ha dicho Mundo Jarquín, existen razonas sólidas y respetables tanto para participar como para no hacerlo. Eso no significa, sin embargo, que dé lo uno o lo otro, sino que hay que analizar bien los argumentos sin descalificar a nadie, para decidirnos por la alternativa más conveniente. Una forma de clarificar el debate es haciendo un análisis de costos-beneficios de las distintas alternativas. ¿Son más grandes los costos y beneficios de participar, que el no hacerlo? El argumento central de quienes se oponen a participar es que ir no logrará ningún beneficio: “Se las van a robar; denunciar no ha servido de nada; pocos querrán participar”.
En sí, algunos de estos planteamientos son válidos. Es cierto, por ejemplo, que muchos no quieren participar. Es menos cierto que las denuncias pasadas no hayan servido para nada —porque sí han erosionado la legitimidad del régimen— factor cuyas consecuencias pueden madurar más tarde. La debilidad central de quienes recomiendan abstención es que no sopesan los costos de no hacerlo ni ofrecen un plan alternativo, concreto y convincente.
Entre los costos de no ir destacan: 1. El peligro que el arnoldismo PLC se oxigene tomando las alcaldías que deje vacías el PLI. 2. Brindarle a Ortega, en bandeja de plata, la oportunidad de ganar limpiamente y por tanto legitimar la elección. 3. Privar a la militancia del PLC de la calistenia política que producen las elecciones y que contribuyen a mantener la vitalidad de cualquier organización política.
Entre los beneficios de ir, aparte de evitar los costos mencionados, caben destacar: 1. La oportunidad de volver a denunciar anomalías y robos que sigan erosionando la legitimidad del orteguismo; 2. Oportunidad de elegir alcaldes democráticos, sobre todo en sectores rurales que quieren participar y que han sido bastiones de la oposición. 3 Oportunidad de remozar al menos algunas redes de fiscalización y apoyo logístico. 4. Oportunidad de darle un nocaut al PLC, que fue uno de los réditos de las elecciones presidenciales recién pasadas.
Es obvio que la objeción a participar tendría mejor fundamento si ofreciese un plan alternativo cuyos costos y beneficios fuesen mejores que los de participar. ¿Pero existe? Se habla, por ejemplo, de organizar protestas cívicas. Pero suena muy abstracto. Habría que elaborar planes con metas, medios o acciones concretas, actores específicos, plazos, etc. Y hacerse la pregunta: quienes rehúsan participar en las elecciones, ¿están dispuestos a participar en las protestas? Porque a veces las objeciones a un curso de acción pueden convertirse en pretexto para no hacer nada. Sería saludable por tanto que los partidarios de la abstención no solo elaboren su alternativa sino que la secunden con hechos.
La crítica más válida y preocupante respecto a participar es la innegable apatía popular y la consiguiente dificultad para que el PLI monte una red efectiva de fiscalización en las miles de juntas en que decida participar. Allí está el principal reto: en despertar a los sectores democráticos de su letargo, en volver a luchar contra rivales poderosos, inescrupulosos y bien pertrechados; en mantener encendida la esperanza.
¿Cómo encontrar entonces la ruta más conveniente?
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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