Aunque hay quienes dicen que el terror que el gigantesco y poderoso elefante le tiene a un pequeño ratón no es más que un mito, la verdad es que, cierto o no, sirve para ilustrar cómo los que se creen omnipotentes pueden llegar a sentir horror ante cosas que parecen, a simple vista, insignificantes.
El caso del elefante y el ratón es lo que se le viene a uno a la mente después de que vimos la reacción de este poderoso régimen frente a la protesta de 20 muchachos.Parece mentira lo desproporcionado de la reacción si tomamos en cuenta que ellos, como el elefante, no tienen un “enemigo natural” al que temerle.
El 19 de julio, el día que es presentado como la efeméride para celebrar la conquista de la libertad por parte del pueblo, el régimen del presidente inconstitucional Daniel Ortega y su esposa la primera dama Rosario Murillo, enviaron a cien hombres, cobijados por la oscuridad de la madrugada, para desalojar a 20 chavalos indefensos que durante un mes habían estado frente al Consejo Supremo Electoral pidiendo lo que piden miles de nicaragüenses: que se vayan los corruptos magistrados del CSE que han realizado al menos dos fraudes a favor del orteguismo.
Un par de días antes habían llevado camionadas de arena y tierra para volcarlas frente a los manifestantes. La idea era hacerles la estancia más difícil ya que los miles de vehículos que a diario circulan por ahí levantaban el polvillo que los chavalos se tuvieron que tragar hasta que llovió y con determinación e ingenio aprovecharon que la lluvia desplazó la arena a las cunetas para meterla en sacos y hacerse trincheras.
Esto seguro aumentó el temor del régimen, que para garantizarse que los chavalos serían expulsados envió un grupo que los superaba cinco a uno. Todos los enviados eran hombres, pero muchos de los que se habían mantenido malcomiendo en la plazoleta de Benito Juárez por un mes, eran muchachas.
Los sacaron de la plazoleta con lujo de violencia, ante los ojos complacientes de oficiales de Policía que “protegían” el edificio del Consejo Supremo Electoral. A una joven hasta le partieron el rostro con una silla de aluminio.
Este episodio debe confirmarnos que el Inconstitucional y su esposa van a hacer lo que sea y no van a considerar enemigo pequeño en su desesperación por mantenerse en el poder. Y es que están tan aferrados a la droga del poder que deben ver amenazas en cualquier movimiento que ellos no controlen. Solo están tranquilos cuando ven las olas de muchachos uniformados con las sicodélicas camisetas gritando consignas como hipnotizados. Así los quisieran tener a todos los chavalos.
Y la verdad es que tienen razón en tener miedo. Así como se dice sobre el ratón y el elefante, un grupo pequeñito puede causarle mucho daño al más imponente de los regímenes. Como bien dijo el profesor José Siero, de la Unidad Sindical Magisterial, “estos muchachos son la chispa”.
Y no hay nada que un régimen totalitario le tema más que a eso, una chispa, representada en estos jóvenes determinados, que no tienen —como otros— algo que perder o cola que les pisen, por lo tanto no pueden ser amedrentados ni comprados. Esa chispa, en el momento correcto es capaz de incendiar toda la pradera.
Ellos mismos lo saben porque le cantan a Sandino “eran 30 con él”… o porque aunque ya son ancianos, ellos mismos recuerdan que comenzaron su lucha siendo 10, 15, 20 o 30 muchachos dispuestos a terminar con la dictadura de los Somoza.
Ahora que ellos en su vejez se han convertido en los nuevos Somoza saben que no pueden dejar ni una chispita viva. Tienen que apagarla, porque a medida que se van consolidando en su dictadura van secando más y más la pradera y cualquier chispa hace que todo agarre fuego.
Ese es el precio de robarse el poder y las ilusiones de un pueblo. Por más canciones, festivales y regalías que repartan saben que en cualquier momento solo basta una chispita para que el fuego los arrase. Tienen que vivir con ese terror.
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