La celebración del día del partido liberal de Nicaragua, este 11 de julio, transcurrió de manera anodina a pesar de que por las circunstancias políticas del país y la situación deplorable en que se encuentra ese mismo partido —en sus distintas corrientes, unas mal y otras peor—, cabía esperar alguna expresión de autocrítica pública, ya que no un propósito de enmienda y el compromiso claro de rectificación.
En realidad, el partido liberal tiene mucha culpa por el retroceso de la democracia en Nicaragua. Incluso más culpa que Daniel Ortega y su FSLN, ya que estos con su gobierno autoritario están haciendo lo que siempre han hecho y se esperaba que volverían a hacer, de acuerdo con la ideología totalitaria y el programa que siempre han enarbolado y nunca han ocultado. De manera que de antemano se sabía que si Ortega recuperaba el poder, haría precisamente lo que está haciendo ahora mismo.
Si en los años ochenta se formó una amplia coalición de 14 partidos políticos de todas las denominaciones ideológicas, la cual se llamó Unión Nacional Opositora (UNO) y postuló como candidata presidencial única, para las elecciones del 25 de febrero de 1990, a doña Violeta Barrios de Chamorro; y si la comunidad democrática internacional también se unió entonces para apoyar un proyecto de transición pacífica hacia la democracia en Nicaragua, a partir de la celebración de elecciones libres, limpias y justas, monitoreadas por observadores extranjeros, fue precisamente porque Daniel Ortega y el FSLN demostraron al ejercer el poder despóticamente a lo largo de aquella década, que no merecían gobernar el país, que más bien eran un obstáculo para el desarrollo democrático de la nación y que por lo tanto era como un imperativo categórico quitarlos del poder.
De manera que fue una irresponsabilidad mayúscula y con conocimiento de causa, haberle facilitado a Ortega la recuperación del poder mediante el pacto liberal que redujo al 35 por ciento el porcentaje de votos para ganar la elección presidencial; pacto que también le permitió al FSLN asumir el control del Consejo Supremo Electoral y que además provocó la división del voto liberal y sus derrotas electorales a partir de los comicios de 2006. De manera insólita todo eso le concedió el partido liberal de Arnoldo Alemán a Daniel Ortega, sin que este se hubiera comprometido a respetar las reglas de la gobernabilidad y la convivencia democrática, las que ya había irrespetado impunemente con el ejercicio del “gobierno desde abajo”, como llamó el orteguismo a su campaña de violento boicot a los frágiles gobiernos de la democracia.
Pero ahora no sirve de nada lamentarse por los errores cometidos, lo que importa es reconocerlos como lo debió hacer ayer 11 de julio el partido liberal, mediante una clara autocrítica y con la manifestación de una sincera y firme voluntad de luchar para devolverle a Nicaragua la democracia que el mismo liberalismo le echó a perder. Pero no lo hizo, y “por eso decimos como expresara una vez el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en relación con las anodinas celebraciones liberales— que el once de julio, es (ha sido) un once cualquiera”.
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