Querida Nicaragua: Leyendo una crónica de Prosa profana, de Sergio Ramírez, recordé que también yo, hace más de medio siglo, fui llevado por mi padre a la ciudad de León para iniciar estudios secundarios en el Instituto Nacional de Occidente. Sergio tuvo la suerte de viajar cómodamente de Masatepe a León en unas pocas horas. Yo tuve que viajar desde Ciudad Segovia, Ocotal, sobre un ingrato camino de tierra y sobre la carga de sacos de café de un quejumbroso camión, cuyo motor ronroneaba dificultosamente subiendo aquellas cuestas que eran todo un desafío.
Sergio llegó en el año 59. Yo llegué en el 46 al internado del Instituto Nacional de Occidente, una especie de convento unido a la antiquísima iglesia de San Francisco, esquina opuesta a la casa asustosa del doctor Darvishire, personaje importante en la excelente novela de Sergio, Castigo divino .
Cursé el primer año y aprendí a querer a León. Al año siguiente continué mis estudios en el Instituto Pedagógico de Managua.
Año 47. Había pasado ya la era de Zelaya, la de Adolfo Díaz, la de Emiliano Chamorro, la de don Bartolomé Martínez y de don Carlos José Solórzano, a quien derrocó el histórico “lomazo” de Emiliano.
Luego vino la Revolución Constitucionalista de Moncada y Sandino, las cañoneras norteamericanas en Corinto, la firma del Espino Negro y la guerra de Sandino en las montañas.
Ahí comienza el protagonismo de Somoza García. Asesina a Sandino, da un golpe de Estado a su tío, el doctor Sacasa, y se apodera de la Guardia Nacional. Se proclama presidente en 1937. En el 47 la Constitución no le permite reelegirse y busca como candidato oficial a su amigo de confianza doctor Leonardo Argüello.
La oposición logra una coalición con el Partido Conservador y el Partido Liberal Independiente (PLI), su candidato es el doctor Enoc Aguado, quien ganó por abrumadora mayoría, pero quien contaba los votos era el incondicional somocista don Modesto Salmerón, que era para Somoza exactamente lo que es hoy Roberto Rivas para Ortega.
Sorpresa enorme de Somoza. Argüello en su discurso de toma de posición proclamó su independencia y criticó los abusos de quienes usaban en su provecho personal los bienes del Estado.
El pueblo se llenó de alegría. Argüello recorría la avenida Roosevelt a pie aclamado por la gente, y en las roconolas de Managua se escuchaba todo el día la canción “Se va el caimán”.
El estado mayor de la Guardia Nacional le ofreció a Argüello tomar prisionero a Somoza, ponerlo en un avión y mandarlo al exilio, pero Argüello se negó y prefirió tener una conversación con Somoza para pedirle su renuncia. Somoza aceptó aparentemente y le pidió ocho días para arreglar sus asuntos e irse.
Tres días más tarde el Congreso Nacional se reunió en secreto, y destituyó a Argüello declarándolo incapacitado para gobernar. Se asiló en la embajada de México hacia donde viajó, muriendo poco tiempo después. Somoza siguió reinando, hizo los pactos con Chamorro y surgió el zancudismo.
Luego quiso reelegirse en 1956, pero no contaba con los cinco balazos de Rigoberto López Pérez la noche del 21 de septiembre del mismo año. Así suelen terminar los dictadores.
El autor es director general de Radio Corporación.
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