Moisés Absalón Pastora
Estuve en el Estadio Nacional viendo, en compañía de unos muy buenos amigos, el primer juego de la serie entre Nicaragua y Cuba. Más de 18 mil personas que sobre saltábamos de emoción fuimos testigos de lo que puede ser el inicio de un nuevo ciclo donde nuestro deporte rey, el beisbol, devuelve a su fanaticada la confianza perdida en la calidad de su pelota. Desde hace muchísimos años, independientemente de que si eran o no las selecciones mayores, los nicaragüenses no mirábamos a los poderosos cubanos ni ellos a sus más impredecibles rivales jugando en nuestra tierra. Esos caribeños han vencido y faltado el respeto a cualquiera, pero cuando se trata de enfrentarse a la Azul y Blanco se preocupan y se esfuerzan al máximo para obtener los resultados que nunca les han sido fáciles.
Debo confesar mi afición al beisbol de grandes ligas no solo por la calidad de juego y grandeza de sus estrellas sino también por lo imponente de sus estadios, todos ellos piezas arquitectónicas que no pueden faltar en la agenda turística de cualquiera que vaya a los Estados Unidos. Igualmente quiero declarar mi afición por el beisbol cubano transmitido regularmente por uno de los canales del sistema de cable que nos permite contemplar los hermosos y bien cuidados estadios en cualquiera de sus provincias lo que por supuesto representa inspiración y estructura para el desarrollo de su pelota.
Cuando estaba gozando el partido entre las preselecciones de Nicaragua y Cuba todas estas cosas vinieron a mi mente y al ver el deplorable estado físico de las instalaciones de nuestro llamado “coloso” me invadió una profunda tristeza porque lo que tenemos podrá ser cualquier cosa, menos un estadio. Para empezar los aficionados que llenamos el Denis Martínez nunca debimos haber estado ahí. Hace mucho tiempo el estadio fue desahuciado porque todas las fallas geológicas de Managua lo atraviesan. A esto sumémosle que desde su inauguración han pasado 64 años, donde el mantenimiento ha sido ocasional y de fachada.
Sus columnas están partidas; su techo totalmente canceroso y agujereado por todas partes; las sillas metálicas incómodas, sarrosas y “espantasuegras”; sus servicios higiénicos una invitación a la epidemia; la pizarra electrónica del tiempo de Matusalén; los gruesos e inmensos postes que sostienen las luminarias matan la visión al espectador; la malla ciclónica que “protege” de los batazos parchada por todos lados; el sistema de sonido —un montón de parlantes de vitrola— inaudibles; las bardas sucias y pegadas con chicle; las salidas en caso de emergencia condenadas; las boleterías lentas y desorganizadas y por doquier, la pintura ausente y la suciedad abundante.
Yo creo que si se está haciendo un Estadio Nacional de Futbol, que gusta pero que aún no atrapa, es lógico pensar que sí se puede hacer un Estadio Nacional de Beisbol y que el presidente Daniel Ortega puede apuntarse esa raya para hacer algo más pequeño, si se quiere, pero más rentable, estético y moderno que entusiasme tanto a aficionados como a peloteros.
Bajo el actual Gobierno —hay que reconocerlo— han surgido en el interior del país y hasta en el mismo departamento de Río San Juan, estadios pequeños pero acogedores que ya cuentan hasta con iluminación.
Pienso y creo poder hablar por todos sobre este tema porque los managuas nos merecemos un Estadio Nacional de Beisbol, sin más nombres y apellidos, en el que nos podamos entretener como Dios manda. Después de todo nos gustan más los jonrones que los goles.
El autor es periodista.