Leí esta semana un artículo de prensa extranjera en el cual se mencionan los cinco hábitos que, a juicio de algunos psicólogos, mejor promueven la felicidad: uno, conectarse con las demás personas; dos, realizar actividad física; tres, dotarse del sentido de la autoconciencia; cuatro tener siempre la curiosidad que se necesita para aprender; y cinco, ser generoso.
(La autoconciencia, según las expertas del Instituto Tecnológico de Sonora, México, Karla Espinoza y Eneyda Varela, se refiere a “reconocer los propios estados de ánimo, los recursos y las intuiciones. Así como conocer nuestras propias emociones y cómo nos afectan, cuáles son nuestras virtudes y nuestros puntos débiles”).
Se conoce que la búsqueda de la felicidad es tan antigua como el mismo ser humano y durante mucho tiempo se ha puesto tanto empeño en ella como la búsqueda del elixir de la eterna juventud, o del santo grial, que es cáliz o copa sagrada en la que Jesús de Nazareth tomó y compartió con sus discípulos, el vino de la última semana.
La palabra que usaban los griegos para expresar el concepto de felicidad era Eudaimonia. Este fue creado por Aristóteles, quien la entendía como el ejercicio virtuoso de la razón, una cualidad específicamente humana que distingue al hombre o persona del animal irracional. “La Eudaimonia (o sea la felicidad) consiste en una realización activa y comprometida de las capacidades innatas del hombre”, precisó Aristóteles.
Que yo sepa los griegos no tenían una divinidad específica para representar la felicidad. Sin embargo, la vinculaban con Némesis, la diosa justiciera que castigaba la desmesura de los hombres. Consideraban que cuando las personas eran demasiado felices y no tenían el buen tino de administrar su felicidad de manera equilibrada, caían en el exceso. Entonces Némesis, al castigar la desmesura regulaba la felicidad y con eso aconsejaba tenerla con medida, de manera razonable, sin ir más allá de lo estrictamente necesario.
En la antigua Roma en cambio sí había una diosa alegórica de la felicidad, la cual según el mitólogo francés Jean Francois Michel Noël era llamada Eudomia, al parecer apropiándose del concepto griego de la Eudaimonia, que sin duda los romanos conocían. La diosa Eudomia o Felicidad tenía un templo a donde los romanos acudían para hacerle las ofrendas. La representaban como una hermosa mujer “sentada en un trono, como reina, o en pie vestida con una estola “que ceñía la cintura y caía por detrás hasta el suelo”), teniendo en una mano un caduceo (vara cilíndrica con dos serpientes enroscadas, símbolo de paz) y un cuerno de la abundancia en la otra”.
Más apegados a los placeres físicos que los griegos, los romanos no concebían la felicidad solo como un estado del espíritu, sino también como una situación material relacionada frecuentemente con victorias y conquistas militares, a las que ellos eran aficionados y dominaban casi a la perfección. En estos casos, cuando la felicidad derivaba de la victoria y conquista militar, la estatua de Eudomia no tenía en la mano un caduceo, sino una pica o lanza.
En la época actual, el filósofo estadounidense del siglo XX, Eric Hoffer (1902-1983), hizo ver que paradójicamente “la búsqueda de la felicidad es una de las principales fuentes de infelicidad”. Es obvio que Hoffer no se refería solo a la búsqueda de felicidad personal e íntima, sino también a aquellos sistemas políticos que supuestamente procuran la felicidad social por cualquier medio y lo que hacen es crear e imponer otros sistemas de infelicidad.
La búsqueda de la felicidad es tan antigua como el mismo ser humano y durante mucho tiempo se ha puesto tanto empeño en ella como la búsqueda del elixir de la eterna juventud, o del santo grial, que es cáliz o copa sagrada en la que Jesús de Nazareth tomó y compartió con sus discípulos, el vino de la última semana.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A