Es difícil conducir por Managua sin toparse con algún choque. En sus calles es cada vez más frecuente el cuadro lastimoso de motociclistas tendidos en el pavimento, rodeados de mirones. En Nicaragua mueren, a consecuencia de accidentes de tránsito, un promedio de dos personas diarias. Día por medio perece un motociclista. En lo que va del año ya superan los noventa. El año pasado fueron 182.
Pronto las fatalidades serán mayores, pues mayor será el parque vehicular. Eso hace urgente que se estudie la implementación de políticas capaces de contribuir a frenar la escalada de tragedias. Las siguientes son algunas de las posibilidades.
Una, utilizada en muchos países, sería normar que en las carreteras de dos o más carriles, en la misma dirección, el izquierdo solo se use para aventajar o doblar a la izquierda. Buena parte de los accidentes son causados por los zigzags a los que se ven obligados los conductores al encontrar vehículos muy lentos —motos, caponeras, etc.— en cualquier carril. Aunque en algunas carreteras hay señales que dicen “Tráfico lento conserve su derecha”, estas no suelen ser obedecidas, quizás porque eso de lento es algo subjetivo, o porque en una cultura todavía machista lento se toma como crítica. Rótulos como “Carril izquierdo solo para aventajar”, campañas de educación vial, y sanciones oportunas, podrían combinarse para instaurar esta política.
Otra medida, también universal, y que se aplicaba en Nicaragua antes de 1979, es la del revisado periódico de automotores. Son demasiados los vehículos a quienes se permite circular sin luces, o sin espejo retrovisor, pidevías y/o frenos. Así como la Policía ha hecho un buen papel exigiendo a los motociclistas el uso de cascos, a pesar del gasto que representan, debería también restablecer la inspección periódica de vehículos a fin de asegurar que no constituyan un peligro para la seguridad pública.
También es importante utilizar mejor al personal policial. En Estados Unidos y en otros países con tasas de accidentes mucho menores, la Policía no acostumbra, como es tan común aquí, parar vehículos para pedir documentos, o estar a la caza de cambios de carril cerca de las esquinas. En Nicaragua, en cambio, dichas prácticas son las que absorben más horas hombre del personal de tránsito, a pesar de que no han demostrado su eficacia en reducir accidentes. Ocurre un poco lo de “colar el mosquito y tragarse el camello”, del evangelio. Se castigan con celo infracciones pequeñas y se dejan pasar las mayúsculas. A veces se incurre, incluso, en prácticas odiosas como emboscar conductores en espera que pisen zonas vedadas, pero difíciles de visualizar a tiempo, por estar en la cima de una colina o por tratarse de calles sin trazado. En lugar de dedicar tantos recursos a multar conductas relativamente inocuas, la fuerza policial debería concentrarse en la prevención de las prácticas más peligrosas; educando primero y sancionando después.
De acuerdo con reportes de tránsito, dos de las principales causas de muertes vehiculares son la alta velocidad y la embriaguez. Allí deberían focalizarse los esfuerzos. Lo que implica también buscar cambios en nuestra legislación que aumenten severamente las penas de quienes conduzcan bajo el efecto de alcohol o estupefacientes —arresto y suspensión de licencia por muchos años— y la de quienes causen muertes a consecuencia de lo mismo, como culpables que son de homicidio por imprudencia temeraria.
Finalmente, vale rescatar, en coordinación con el MTI, la construcción de rampas de amortiguación arenosa para los vehículos sin frenos en bajadas prolongadas. Cuando se piensa en las vidas que medidas como estas y otras más podrían salvar, se percibe que lo caro es no hacerlo.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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