Fabio Gadea Mantilla
“Si hay paga no hay gloria, si hay gloria no hay paga”.
Julio Acosta G. (1872-1954), estadista costarricense.
Querida Nicaragua: Adolfo era mi amigo desde los tiempos en que era gerente de la Coca Cola y solíamos vernos con frecuencia. Igualmente su padre el novelista don Adolfo Calero Orozco, aunque por edad podría haber sido mi padre, platicábamos de literatura y de arte y por supuesto que tengo leída toda su obra.Siempre fue Adolfo Calero, el hijo, un hombre sereno, sosegado, político y miembro del Partido Conservador de Nicaragua.
Opositor permanente a la dictadura de los Somoza, pero la que le hizo ir a dirigir la lucha de la Contra fue la insoportable dictadura comunista de los Ortega y demás comandantes. No soportó, como no soportamos muchos, el ambiente maloliente de los internacionalistas, la hez del comunismo internacional. Adolfo era el jefe civil de la Contra por el norte, el jefe militar era el coronel Bermúdez, conocido como 3-80. Yo pertenecía al MDN, salí al exilio en abril del 82 hacia Costa Rica, donde el jefe civil era Alfonso Robelo y el jefe militar, el lamentable e incongruente Edén Pastora.
En poco tiempo me di cuenta de que con semejante jefe militar no era posible ganarle a los comunistas. Mi esperanza de triunfo era la Contra del norte, la que dirigía en lo civil Adolfo Calero Portocarrero, y donde estaban además Indalecio Rodríguez, Alfonso Callejas Deshón, y otros importantes líderes profesionales.
Adolfo manejaba la operación financiera. Era él quien hablaba frecuentemente con el presidente Ronald Reagan, quien lo tenía en alta estima.
La administración de Adolfo en la Contra fue absolutamente limpia, tal como era él, un hombre honrado a toda prueba.Me tocó visitar los emocionantes campamentos de la Contra. Junto con Adolfo, Aristides Sánchez, Poncho Callejas, Indalecio Rodríguez.
Tendido en un enorme llano estaba el ejército de campesinos de la Contra. Me tocó hablarles y darles ánimo. Los aplausos resonaron montaña adentro haciendo eco en los macizos de pinos.Vi entrar en San José de Bocay al comandante Franklin, quien se metió en las montañas de Nicaragua e hizo acciones heroicas.
Fue el mismo que entregó su arma después de Sapoá, e intentó vivir en la vida civil, pero al poco tiempo un sospechoso accidente de tránsito acabó con su vida. Muchos comandantes como él igualmente perdieron la vida en oscuros incidentes en diversos lugares.Adolfo Calero regresó a su país para ser el mismo ciudadano honorable de siempre.
No se le ocurrió reclamar ningún cargo en ninguno de los gobiernos democráticos de doña Violeta, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, donde pudo haber participado brillantemente. No pidió nada, ni puestos ni honores, pues eso es lo que hacen los verdaderos patriotas, los que luchan por la libertad sin querer cobrarle a nadie.
Igual hizo el héroe de San Jacinto, José Dolores Estrada, quien murió pobre sembrando una manchita de tabaco. Y es que Adolfo Calero solía decir que “donde hay gloria no hay paga y donde hay paga no hay gloria”.Por eso hoy reconocemos su nobleza, valentía y decisión de entregarse por entero a la patria en su lucha por la libertad.
En el futuro, Adolfo, como Pedro Joaquín, tendrá su monumento para la posteridad. Descanse en paz el combatiente patriota Adolfo Calero Portocarrero.
El autor es director general de Radio Corporación.