En química hay sustancias cuya mezcla es explosiva. El sector universitario nicaragüense, aunque hoy luce tranquilo, viene incubando dos ingredientes peligrosos: el crecimiento exponencial de una población estudiantil, deseosa de mejorar sus ingresos, y tasas cada vez más altas de subempleo y desempleo entre sus egresados.
En 1990 había aproximadamente 16,000 estudiantes. Diez años más tarde eran 83,374 y en el 2011 sobrepasaban los 163,000. Tales cifras podrían ser motivo de celebración, pues una población altamente educada podría ser un estímulo al desarrollo. Sin embargo, esta no parece aportar mucho a la productividad del país ni gozar de mucha demanda en el estamento empleador.
En Nicaragua la tasa más alta de desempleo no está entre quienes solo han completado primaria o secundaria —allí ronda el 10 por ciento— sino entre los que han completado la universidad, donde supera el 30 por ciento. Algo similar ocurre con los ingresos. Ellos son el sector que ha sufrido el deterioro más acentuado de los salarios reales. (Datos BID y BM). Ambos hechos son observables en la legión de titulados conduciendo buses, manejando pulperías o trabajando de cajeros, o en los profesionales ganando salarios inferiores al de obreros.
Existe pues una sobreoferta de universitarios. Dicho de otra manera, las habilidades de gran parte de los egresados de nuestras cincuenta o más universidades no tienen mayor mercado. Y la conclusión es inescapable: o dichas habilidades son muy flojas, o no responden —o exceden— las necesidades del país. La paradoja es que simultáneamente la sociedad experimenta un gran déficit de técnicos y personal calificado medio.
Detrás del fenómeno está el famoso 6 por ciento a favor de las universidades del CNU, que de la noche a la mañana triplicó el presupuesto universitario en 1990. Esto, acompañado de gratuidad en las matrículas, exigencias académicas bajas y ausencia de procedimientos de acreditación para ofertar carreras, disparó las matrículas. También creó una gran desbalance entre lo invertido en educación superior y lo destinado a la educación básica. Mientras lo normal a nivel centroamericano es que se invierta por universitario dos o tres veces más de lo que invierte por un estudiante de primaria, Nicaragua invierte siete veces más. Mientras Latinoamérica dedica el 18 por ciento de su gasto educativo a la educación superior, Nicaragua dedica el 30 por ciento, lo más alto del mundo.
Aún más notorio es que en lugar de corregir la brecha, como han hecho Costa Rica y otros, Nicaragua sigue ampliándola: su gasto en primaria como proporción del PIB se ha mantenido casi estático en los últimos 10 años (de 3.3 por ciento a 3.6 por ciento), mientras el gasto en las universidades se ha más que triplicado (de 0.53 por ciento a 1.85 por ciento). Y esto a pesar de que la enseñanza primaria es la que más contribuye a erradicar la pobreza. De aquí la extrañeza de funcionarios del FMI y de la comunidad donante.
Lo triste es que el subfinanciamiento de la educación primaria nicaragüense la ha convertido en una de las peores del mundo, sin que el sobrefinanciamiento de la educación superior mejore a esta. Una razón es, precisamente, la debilidad de la primaria. La ecuación es simple: primaria mala= secundaria mala= universidad mala. La otra razón es la forma en que se administra el 6 por ciento: sin rendición de cuentas, análisis de la demanda, ni mediciones de calidad. El sistema produce entonces demasiados egresados que no saben redactar, economistas que no pueden sacar proporciones y profesionales que nadie quiere emplear.
Nicaragua debe examinar serenamente la equidad y eficiencia de su gasto educativo. De lo contrario, seguirá produciendo con gran costo y pocos beneficios una masa creciente de estudiantes frustrados que pronto rebasarán los 200,000. Dinamita esperando la mecha.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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