Haga la prueba. Visite un día una cárcel y pregunte a los presos sobre su infancia. Encontrará que casi todos crecieron en hogares rotos. Entrevisté, otro día, a los mejores bachilleres de varios colegios humildes, y encontré que una proporción mucho mayor crecieron en hogares intactos —padre y madres biológicos unidos en forma estable—. Al final dará la razón a las investigaciones sociales cuando señalan que por regla general las familias estables producen ciudadanos más felices, productivos y sanos, que las inestables.
Si a continuación indaga la situación de la familia nicaragüense, se topará con la realidad dolorosa de que en nuestro país los hogares intactos son minoría; que la mayor parte de nuestra niñez crece sin las bendiciones —económicas, psicológicas y sociales— de crecer y educarse con su padre y madre originales. Entonces quizás se pregunte el porqué de este fenómeno tan negativo y sienta la inquietud de remediarlo. Si este es el caso sigamos. Si piensa que la inestabilidad familiar no es un problema serio que clama por solución, mejor no seguir leyendo.
¿Por qué no predomina en Nicaragua la familia unida? Aunque los factores son muchos, complejos, y de vieja data, simplificando pueden destacarse dos: uno es cultural. Nuestros valores no destacan la importancia del matrimonio. La mayoría de nuestras parejas rehúsan —o no han aprendido— a comprometer sus vidas y traer vidas al mundo tras un pacto legal y solemne en que se prometen fidelidad y apoyo indefinido. Sencillamente se juntan, procrean, y cuando él o ella se aburren o se entusiasman con otra (o) se separan. El ciclo suele repetirse.
El segundo factor es la ausencia de políticas y leyes que incentiven los matrimonios. En el sistema escolar no se enseña la importancia de casarse. Las leyes dan igual mérito al matrimonio y a las uniones de hecho. También facilitan al extremo los rompimientos al permitir que estos ocurran por la voluntad de uno solo de los cónyuges, sin pedir causa o justificación alguna, y sin exigir cargas especiales al desertor. Quienes abandonan su prole o pareja de hecho tampoco suelen sufrir consecuencias. Las obligaciones alimentarias no compensan el daño causado y rara vez se cumplen.
Los más perjudicados por los rompimientos productos de este marco legal y cultural suelen ser los niños y las madres. Aparte de perder la presencia paterna, que es importante en el desarrollo psicosocial de los primeros, ambos quedan empobrecidos y con mayores cargas.
¿Cómo podría contribuir a remediar estos males el Código de la Familia actualmente en discusión? Lo fundamental sería incentivar el matrimonio. Juan Pablo II justamente expresó que “la familia fundada en el matrimonio es un patrimonio de la humanidad”, y que las uniones de hecho son su “caricatura”. Es de interés social y estatal que las parejas dispuestas a asumir las serias obligaciones matrimoniales, reciban mayores beneficios que quienes no las aceptan. De lo contrario se crea un incentivo a no casarse. Los casados con hijos podrían tener mayores exenciones tributarias, recibir trato preferente en el otorgamiento de viviendas y programas sociales como “Hambre Cero”, becas y otros.
Debe incluirse en el currículo escolar la importancia y ventajas del matrimonio junto a los problemas y desventajas de la desunión. Debe dificultarse el divorcio y, en particular, suprimirse el divorcio sin causa o unilateral. Una de las funciones de la ley es educar premiando la virtud. El Casanova que tras 20 años de casado abandona a la mujer que sacrificó su carrera por atenderlo a él y a sus hijos —“el bestia”, le llamaba Azarías Pallais— no debe salir bien parado tras consumar su traición. Los legisladores tienen la palabra.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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