La oposición haría mal si decidiera participar en las próximas elecciones municipales bajo las condiciones anómalas impuestas por el orteguismo y con los mismos magistrados espurios del Consejo Supremo Electoral que perpetraron los fraudes de 2008 y 2011.
Haría mal, porque no hay ninguna posibilidad de que esos comicios sean libres y limpios. Si no se nombran nuevos magistrados del Consejo Supremo Electoral que sean independientes, honestos y confiables; ni se garantiza una observación electoral nacional y extranjera creíble que pueda certificar las elecciones, lo único que se puede esperar es la repetición de los fraudes anteriores.
El plan de Daniel Ortega está claro. Él pretende conservar e inclusive aumentar las casi cien alcaldías que se adjudicó de manera fraudulenta en 2008. De modo que las elecciones municipales de noviembre próximo no serán para elegir a alcaldes y concejales de gobiernos municipales autónomos, sino para conformar corporaciones locales sometidas al ejecutivo; mientras que a la oposición le asignará una veintena de alcaldías que en todo caso carecerán de autonomía y tendrán que someterse al poder central orteguista.
¿Vale la pena entonces que la oposición participe en tales “elecciones” en las cuales todo está ya designado? Por supuesto que no. Pero la abstención, para que no sea una simple y cómoda evasión debe ser respaldada al menos con grandes movilizaciones populares. Lo cual significa que la población debe lanzarse a la calle y que la oposición tenga agallas y capacidad para movilizar a los ciudadanos y ponerse al frente de lucha popular.
En realidad, si bien es cierto que la oposición haría mal participando en unas elecciones sin garantías de limpieza y sabiendo de antemano que serán fraudulentas, podría hacer peor absteniéndose porque estaría renunciando a defender sus espacios democráticos y entregándolos a la dictadura. Absteniéndose de participar la oposición cedería a los grupos zancudos las pocas alcaldías y concejalías que podría conseguir, y además oxigenaría a Arnoldo Alemán y su grupo político mientras se debilitaría ella misma, porque en política quien no actúa no se desarrolla y más bien pierde la fuerza que tenía.
Participar en el proceso electoral municipal de este año no tendría sentido si se estuviera pensando solo en ganar alcaldías y concejalías en base a la voluntad y el voto popular; o si únicamente fuese para no perder la personería jurídica del partido. La justificación y el sentido democrático de participar, sería aprovechar la campaña electoral para denunciar el mismo fraude, para levantar las demandas y los ánimos de la población, para desarrollar los liderazgos opositores locales, para fortalecer el músculo político que igual que el corporal si no se ejercita se atrofia. La oposición tiene que sopesar muy bien, pensando en el presente pero sobre todo en las futuras y decisivas batallas democráticas, cuál es la decisión más adecuada que debe adoptar.
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