Nicaragua: un infierno para los animales

María José  Zamora Solórzano

“La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por el modo en el que se trata a sus animales”, dijo  Mahatma Gandhi  

 El abuso que padecen los animales en Nicaragua ha sido un tema que se ha dejado al margen del debate público serio, y al que no se le ha dado el peso que tiene como indicador, con algunas excepciones, de sociedades atrasadas (poco civilizadas).

Menciono esto porque existen sociedades con civilizaciones milenarias y economías desarrolladas que,  paradójicamente, para satisfacer tradiciones  deportivas o recreativas, aún practican ciertas actividades que atentan contra la vida y derecho de los animales. Ante este planteamiento,  el tema del sacrificio de estos para la alimentación de los humanos, es otro que a algunas personas les martilla la cabeza y sobre el que no pretendo opinar porque requiere abordarlo desde una compleja perspectiva multidisciplinaria que no domino. Sin embargo, expresar los sentimientos que provoca ser testigo del maltrato a los animales lo puede hacer cualquier persona con la sensibilidad para detectarlo.

Particularmente me inspiró a escribir este artículo uno publicado en LA PRENSA el 17 de marzo recién pasado,  escrito por  Elsa Ruth Espinoza Orozco, titulado: “Maltrato animal vs. animal maltratador”.
 Las escenas descritas por la articulista son fragmentos de una película que se repite a diario y que para quienes consideran a los animales seres con derecho a ser respetados, es literalmente una tortura presenciarlas. Aplaudo su iniciativa de traer a la opinión pública el tema del abuso a los animales con  tanto sentimiento y  transparencia.

 Todo lo expresado en el artículo  es real; al leerlo vinieron a mi memoria cientos de imágenes de ocasiones en las que viajando por Nicaragua o circulando en la ciudad he observado cómo golpean a los animales con patadas o pedradas, los atropellan sin piedad, y si alguna vez  me he detenido a pedirles que por favor no lo hagan, o se ríen o me insultan,  pero nunca  se han detenido a reflexionar sobre su actuación. Obviamente este problema es uno más que se resolvería con la  educación. Sinceramente no me explico  cómo pueden maltratar, por ejemplo, al caballo que mueve el carretón que los transporta y es su medio de trabajo,  o a los bueyes que halan la pesada carga o aran la tierra.  Por qué patear, no alimentar o amarrar de manera dolorosa a una mascota que es compañía fiel. Sin embargo, cuando observo cómo castigan algunas madres a sus hijos,  al trompón y a la patada, y la cantidad de asesinatos a mujeres o de golpizas de las que resultan hasta mutiladas, comprendo que es iluso esperar un buen trato a los animales en una sociedad  acostumbrada al maltrato humano.

 Recientemente se aprobó en Nicaragua  una ley para la protección de los animales, que seguramente jamás será puesta en marcha.  Está bien que se elabore un marco jurídico sobre el tema, pero es más importante educar a la población sobre su obligación de aprender a compartir el planeta de forma respetuosa con los animales. Los humanos se han creído que son distintos de los otros seres vivos que habitan la Tierra,  y este concepto equivocado los hace sentirse  superiores, poderosos y con derecho a maltratar y exterminar a los indefensos animales.
 El Ministerio de Educación debería  incluir en su programa el respeto a los animales.  En Nicaragua,  el Zoológico Nacional hace un trabajo ejemplar al respecto, educando a sus visitantes,  y existen otros grupos que igualmente hacen  esfuerzos por concienciar a la sociedad sobre el buen trato a esos seres que le dan al humano alimentación, trabajo, diversión, compañía, felicidad… 

La autora es psicóloga

Columna del día Opinión
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