Hace poco cumplí 40 años. Aunque ya tengo cientos de canas y varias docenas de arrugas, sigo sintiéndome un adolescente introvertido, iluso, jodedor, sentimental y fanático del gallopinto, la torta de limón y el capuchino. ¿Qué me ha marcado estos años?
Ayudé a recolectar agua potable durante la insurrección popular de 1979, escuché las botas de los soldados de la Guardia Nacional cuando recorrían las calles de la colonia Primero de Mayo, buscando a los rebeldes, vi a baja altura las avionetas Push and Pull, escuché por la radio la huida de Anastasio Somoza, volví a la escuela y, años más tarde, junto a otras decenas de personas que desafiamos a los orejas de la dictadura, hice fila el día para comprar el diario LA PRENSA, tras volver a circular luego que el Gobierno lo cerró.
A los 14 años soldados del ejército me secuestraron en la colonia Primero de Mayo. Después de salir de clases en el colegio Douglas Sequeira escuché el frenazo de un jeep Was del que bajaron tres soldados. Tiraron mi mochila, a golpes me metieron en el vehículo y me esposaron. Dentro había otros dos muchachos. También los habían golpeado. Pasé cinco días en una unidad militar que estaba cerca de Migración y Extranjería, hasta que mi madre se presentó con todo y abogado para rescatarme.
A los 16 años, luego de hacer una fila de nueve horas, obtuve mi licencia de conducir. Tres veces me han chocado y una vez atropellé a un chanchito. En 1990 voté por Violeta Barrios de Chamorro. Y si volviera a nacer, lo volvería a hacer.
Años después, unos ladrones me puñalearon en un autobús en Managua. Ese día creí morir. Pasé dos días en el hospital Antonio Lenín Fonseca. Luego, bajo los amorosos cuidos de doña Luisa Sequeira, en su casa de Las Brisas, la herida cerró.
He trabajado como periodista y editor en varios periódicos. Aunque me llamo Arquímedes la gente siempre escribe mal mi nombre, soy malo en matemáticas y casi repetí el cuarto año de secundaria porque no entendía los teoremas ni el álgebra, le tengo miedo a la sangre, me he electrocutado dos veces, uso anteojos desde los 20 años y tengo una dentadura fatal.
En 1997 viajé a Japón becado por la embajada nipona en Nicaragua y viví dos años en Tokio. Ahí descubrí que quería ser escritor. Tres años después ya estando en Managua, me senté a escribir La muerte de Acuario . Luego siguieron Qué sola estás Maité, Tengo un mal presentimiento y El Fabuloso Blackwell que en el 2010, ganó el II Premio Centroamericano de Novela Corta en Honduras, más una trilogía policial que está de venta en Amazon. Y sigo escribiendo.
He amado ciegamente, locamente y estúpidamente. Una vez me casé, pero no funcionó. He cometido errores, algunos peores que otros como la vez que cerré la puerta de mi automóvil con el motor encendido o como cuando me quedé dormido en un autobús en Tokio, pero he tomado algunas buenas decisiones como acostarme temprano, dejar de fumar y caminar en las mañanas.
El autor es periodista y escritor
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